Entrevista a Alejandro Paniagua.

Alejandro Paniagua foto de Óscar Alarcón para Neotraba

Alejandro Paniagua foto de Óscar Alarcón para Neotraba

 

“También es cierto que soy un escritor peculiar: soy budista, soy epiléptico, soy alcohólico recuperado, me dan miedo las piñatas de Batman, amo los videojuegos, hay una serie de cosas que me definen que son estrafalarias pero no son planeadas, nacen por algo. También soy cumbiero, siempre lo he sido. De pronto estoy leyendo Ulises de Joyce y me harto y leo el TV Notas, siempre he pensado en que no debo tener límites en lo que me gusta, en lo que veo, en lo que leo. Por eso soy libre en mis gustos.”

 

 

Por Óscar Alarcón (@metaoscar)

19 de agosto de 2017

 

 

No demonios tour es el nombre de la gira en la que Alejandro Paniagua y James Nuño presentaron sus novelas: Los demonios de la sangre y Los no muertos, ambas publicadas por Paraíso Perdido, editorial de Jalisco, y que el pasado sábado 19 de agosto llegó a Puebla. Un contratiempo le impidió a Nuño presentarse en la tierra del mole de guajolote, sin embargo, Alejandro Paniagua, ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés en 2015, presentó su texto en compañía de Yussel Dardón y Alejandro Badillo en Casa Nueve. Los demonios de la sangre obtuvo una mención honorífica en el Premio Lipp de novela en 2016, presentamos una charla con su autor.

Óscar Alarcón. Sabemos que ganaste el Premio “Edmundo Valadés”, ¿cuál es el significado que tiene Puebla para ti? Específicamente la parte religiosa de Puebla, a veces mocha o cerrada del poblano.

Alejandro Paniagua. Hablando del “Edmundo Valadés”, sigue siendo uno de los momentos importantes de mi carrera, pues si eres cuentista es el premio que quieres. Siempre creí que para hacer un libro habría que tomarse muchos años –de hecho la novela que voy a presentar hoy me tomó más o menos diez años– de trabajo.

Y resulta que con el “Edmundo Valadés” vi la convocatoria cinco días antes y dije “no voy a ganar pero voy a hacer el cuento, por lo menos ya tengo la base de un cuento que puedo trabajar”. En el trabajo dije que estaba enfermo y me di un encerrón de 5 días, de dormir un par de horas, de estar corrigiendo, de no salir del cuarto. Terminé el cuento, dije “está padre pero hay muchas cosas que a mí no me terminan de convencer”, sobre todo una parte del final en la que yo decía “tengo que trabajar más”. A pesar de que me gustaba el cuento decía “está cabrón que lo gane con un trabajo de cinco días”, y más porque yo estaba convencido de que era necesario mucho tiempo. Y resulta que lo gano.

Cuando me habló la persona, me puse a chillar, le dije “muchas gracias, es lo mejor que me ha pasado en la vida”, él trataba de consolarme. Yo no podía ni hablar de la emoción y la alegría.

Me sirvió como lección para decir “no existen las normas en la literatura o por lo menos las que tú crees que son tus normas no son ciertas”. Al final, fue muy chistoso porque una de los jurados me dijo “te dimos el premio porque nos encanta el cuento, pero hay una parte del final que habría que trabajar”, yo le dije “sí, yo pensé eso”. Ella respondió “la respuesta no es aumentar sino quitar esa parte y el cuento ya fluye”. Y la quité. Quedó un cuento muy redondo. Me sorprendió que justamente esa parte que tenía en duda, y a pesar de ello –que eran dos oraciones– vieran que había algo valioso ahí. Como soy muy clavado, he seguido trabajando el cuento a pesar de que tiene el premio. Ahora que venía a Puebla, venía acordándome del trayecto; pasé por lugares y dije “sí me acuerdo…” Es maravillosa para mí esa experiencia.

Respecto a la parte de la religión, mi familia es de Guadalajara, entonces lo de los mochos toda la vida también nos lo han atribuido. Mi mamá, mi papá, mucha familia de parte de mi mamá es súper mocha, a lo cabrón. Nunca he tenido broncas con eso, he sido budista desde hace muchos muchos años y nunca he tenido broncas con juzgar la religión o la creencia de otro. Porque en el budismo es algo que te dicen “no mames, tú no eres nadie para estar juzgando”. Cuando viene el Dalai Lama, va a ver a la Virgen a la Ciudad de México, le reza y siempre le dice que una gran figura, una gran deidad. Entonces siempre he tenido claro no juzgar a la gente por estos asuntos.

Además, en cuestión de cultura, Puebla es súper importante y va más allá de la religión o cualquier otra cosa. Por último, también creo que se puede hacer muy buena literatura religiosa. Hasta hace muy poco tiempo se rompió ese vínculo. Leo a San Juan de la Cruz, leo a Santa Teresa y me emociono. De hecho, la poesía mística me es muy cercana, se parece mucho al budismo, además de la meditación y el misticismo. Nunca he tenido broncas ni prejuicios con eso. ¡A veces ellos tienen prejuicios conmigo! Pero tampoco los juzgo, entiendo que hay gente a la que no le laten ciertos aspectos de mi ideología, de mi personalidad, de mi escritura, porque el budismo es muy cínico en muchas formas: ahí no hay culpas, si ayer me puse una pedota y me cogí a tres mujeres, el budismo te diría “olvídalo y enfócate a lo que vas a hacer hoy, déjalo ir, no pasa nada”.

 

ÓA. Recientemente hicieron una lectura de tus textos “Equipaje” y “Tatuajes de un mexicano herido”, en el primero se habla de la pérdida de la inocencia. Estaba leyendo el texto de un amigo que dice que el fin de la infancia sucede la primera vez que ves a un muerto. Hablando de violencia y muerte, aunque están relacionados los temas, ¿cuál crees que sea más impactante para una persona?

AP. Yo creo que es la violencia porque es probable que te enfrentes –por pura estadística– primero a la violencia que a la muerte. Vengo de una familia en donde la violencia era un aspecto fundamental, es decir, entre mis papás se peleaban mucho, mi mamá a veces se ponía muy loca y destruía la casa. Somos de los niños a los que les pegaban, y a veces no eran golpes inocentes sino fuertes, que sí te dejaban una huella emocional y física. Por eso creo que es más probable que te enfrentes a este tipo de violencia más que a un muerto. De hecho a mí nunca se me murió nadie sino hasta muy grande.

 

 

Para mí siempre fue primero la violencia. Incluso creo que si te explican la muerte correctamente, creo la reacción es más natural: se te muere una mascota, se te muere tu abuelita y te explican el proceso de la vida, creo que es más fácil superar eso a que te den un chingadazo y te saquen el ojo.

 

 

Hay de madrizas a madrizas. Hay unas que son muy gandallas y que te pueden afectar. Recuerdo mucho una de mis primeras madrizas, le suelto un golpe en un ojo a un compañero, nos separaron pero empecé a ver que ese ojo se deterioraba cada vez más. Esperaba que un día sanara y no. Se le fue cerrando más. Perdió parte de la vista y crecí con la culpa que después se convirtió en una especie de poder: “yo podría hacer esto…” Los madrazos de la salida o del recreo no son inocentes. Tienen un gran peligro.

 

ÓA. Hace rato platicaba con Fernanda Melchor sobre su libro Temporada de Huracanes, que comienza con un muerto y ella decía que no porque puedas matar a alguien eso te hace superior. Comparándolo con los niveles de violencia, ¿por qué crees que a veces se hace una apología al narco si generan tanto daño?

AP. Te voy a ser brutalmente honesto. Tengo muchos problemas para dormir, desde que era niño, me duermo más o menos como a las 7 de la mañana, a veces a las 9 de la mañana. Soy muy nocturno. Y últimamente lo que hago para dormirme es contarme una historia en la que justamente soy un narco, y es una historia que se ha desarrollado tanto que ahorita soy el dueño de todos los cárteles en México. A mí me resulta muy atractivo como fantasía porque la violencia ya está muy velada en mí: ya lo tengo muy controlada pero el deseo sigue estando ahí. Me resulta muy atractivo ver series o leer libros sobre narcos porque me estimula el morbo de manera pasiva.

Creer que alguien se va a convertir en narco por ver una serie, me parece muy exagerado. Tú te conviertes en narco porque tienes la oportunidad allá afuera y porque te atrae el dinero, porque alguien te invita. Es decir, no me voy a convertir en narco por estar viendo series o incluso porque me guste mucho el asunto. No sé si todos hacen apología. Vi la novela de Pablo Escobar y al final ves cómo acaba hecho mierda y nadie lo quiere ayudar; quiere comunicarse con sus hijos y eso hace que lo atrapen. Ves cómo le disparan y lo destruyen. Es raro el programa en donde se salen con la suya y terminan en Acapulco celebrando. Puedes ver que el narco te da una vida maravillosa pero la consecuencia tarde o temprano va a ser que te maten o que maten a tu familia. Y creo que eso es todavía más impactante.

Para Pablo Escobar ese fue el gran problema, que le ponen una bomba en el departamento de su familia y es cuando dice “yo no tengo el poder que creía tener, mañana podrían matar a mi familia y no puedo hacer nada”. No le llamaría tanto una apología, a lo mejor es que escogen actores muy guapos, actrices muy guapas y te hacen creer que así es su vida. Pero si ves a las mujeres de Pablo Escobar, a las mujeres del Señor de los Cielos te das cuenta que tampoco es para tanto: ellos eran muy feos, las mujeres de las que se rodeaban eran mujeres normales. No es tan así. Creo que es una exageración pero si se pudiera controlar más, me parecería mejor.

El fundamento para solucionar esto es que la sociedad te dé las oportunidades de generar una buena cantidad de dinero de manera lícita, eso sería el ideal. En lo que debería de estar trabajando el Estado es en eso, no condenando las manifestaciones artísticas o creativas respecto al narco. Ellos lo generan y ahora se quejan. Son dos momentos totalmente distintos.

 

 

Alejandro Paniagua en Casa Nueve foto de Óscar Alarcón

Alejandro Paniagua en Casa Nueve foto de Óscar Alarcón

 

 

ÓA. En alguno de los textos que aparece en el blog de Paraíso Perdido declaras que te agrada La Ilíada. Cuando se estudia literatura en la preparatoria o quizá en la universidad, y se leen La Ilíada y La Odisea, la segunda le gana a la primera, ¿prefieres la lucha sobre el viaje?

AP. La Odisea es muy respetada y muy amada justamente porque es divertido encontrarse con seres fantásticos y amores medio corrompidos; la mujer que está esperando; poder madrearte a los que pretenden a tu pareja… es decir, tiene cosas muy interesantes en la anécdota pero en la forma, el poema de La Ilíada es muy superior. Hay gente que todavía duda si La Odisea es de Homero o no porque los estilos son muy distintos. El estilo de La Ilíada es muy elegante, además la historia también está padre.

El otro día en una plática con Alberto Chimal, yo le decía que para mí La Ilíada es muy importante porque empieza con el coraje de Aquiles al que le robaron una esclava y se va de la guerra, y vuelve a la guerra por el coraje de que le mataron a Patroclo. No son héroes idealizados. A él, que estaba encabronado, el enojo le hace irse y traicionar a sus compañeros de guerra y que le maten a un ser querido lo hace volver. Es un tipo voluble. Es un tipo absolutamente deleznable en muchos sentidos porque permite que se muera un montón de gente porque él está haciendo un gran berrinche y es otro berrinche –el de ir a rescatar el cuerpo– el que lo hace regresar.

Otra parte que también me encanta es que el caballo de Aquiles, Janto, le dice “si vuelves a la guerra te van a matar”, y él le responde “ni me digas, sé que me van a matar pero también sé que tengo cosas qué hacer”, ahí es cuando hay una transformación del personaje: ya no es la ira sino es algo mucho más grande.

En principio La Ilíada es una bola de machos que está queriendo rescatar a la mujer de alguien, rescatar su honor. Aunque no hay una motivación honorífica como la conocemos ahorita, es una motivación totalmente visceral, machista y brutal. A mí me gusta eso porque son personajes muy reales, no es Superman que hace por el bien de la humanidad. No, no, no, aquí son seres complejos y contradictorios a los que los motiva su propio egoísmo, por eso es que me gusta mucho. Ya en La Odisea te venden la idea de “regresar con mi familia”, se vuelve más hollywoodense, valga el anacronismo absurdo. Por eso me gusta más La Ilíada. Es un texto que leo y releo y cada vez encuentro algo más.

 

ÓA. Te llaman la atención los temas insólitos: un cerdo atropellado en la carretera, el instructivo del Monopolio, ¿hay algún acontecimiento cotidiano que se te antoje novelable? ¿Existe la cotidianidad de lo insólito?

AP. Sí, de hecho admiro mucho a los escritores que de pequeñas tragedias pueden hacer una gran tragedia. A mí me cuesta mucho trabajo plantearlo así. Tengo la idea de hacer una novela… Quería que fuera sobre una niña y su relación con el narco, quiero hacer una novela, un cuento y un poema que traten el mismo tema que del Valadés. El narco iba a estar muy lejano en mi novela pero resulta que se me ocurrió que es la niña que se enfrenta a una fosa clandestina y cómo ella va enfrentándose a los muertos, literalmente.

 

 

Estaba leyendo el caso de un tipo que lo encontraron con las muletas junto al cuerpo y un cuchillo enterrado en el vientre. A mí se me ocurrió que esta niña tomara las muletas, las pusiera en el vientre como si fuera una hélice y se imaginara que el muerto se va volando.

 

 

De una pequeña cosa construir algo que sea más interesante o desgarrador. Incluso me imagino que se encuentre a un muerto lleno de agujeros de bala y ella va y planta florecitas dentro de los agujeros. A partir de cosas muy pequeñas, construir imágenes que puedan ser más grandes.

 

ÓA. Sobre Freud es una lectura a la que recurres. Leí un libro de Paul Ricoeur, Freu: una interpretación de la cultura, en donde dice que el mito es la dimensión social de los sueños y que el sueño es la porción individual, si esto fuera cierto, ¿cuál de tus sueños te gustaría que alcanzara el nivel de mito?

AP. Tengo muchos sueños recurrentes. No sé si en alguno de los textos que mencionas del blog de Paraíso Perdido, aparece este sueño: estoy en un carrusel y estoy pensando “ojalá los caballos cobraran vida” y efectivamente cobran vida pero están empalados y empiezo a sentir la sangre del animal, y el animal se desespera porque se está muriendo, está atravesado por un tubo. Tengo mucho este sueño, que quisiera saber algún día qué significa porque no creo que sea solamente una cuestión de penetración. Es algo mucho más profundo que tiene que ver con el que se te cumpla un deseo y resulta que eso es lo que te destruye. A veces creo que la vida es un poco así, como el genio malo que te cumple el deseo pero te arruina la existencia.

La figura del caballo aparece en Carver como una figura recurrente. Tolstoi habla mucho de sueños: todo lo que le pasa a Ana Karenina ella lo sueña. A mí la figura del caballo me agrada porque nunca tengo planeado que aparezcan caballos en mis textos, nunca ¿eh? y aparecen. Y cuando releo digo “ahí está…”, más bien ya lo quiero quitar. Si te soy honesto, jamás he visto un caballo en la realidad. A lo mejor en la calandria, pero nunca me he tomado el tiempo ni de verlo ni de subirme. El caballo es algo que está muy oníricamente.

 

ÓA. Hay un cortometraje que en español fue titulado “El Buda robot”, en donde un robot toma consciencia y se asume como Buda, ¿a parte de la influencia católica que tenemos en el país, cuáles crees que sean las causas por las que el budismo no haya sido tan difundido?

AP. Hay una cosa que a mí me encanta del budismo y que decía mi maestro: “lo que a mí me encanta del budismo es que cualquier pendejo puede ser budista. Hasta el wey más imbécil, el wey más culero, el wey más hijo de puta podría ser budista”. Y sí, ellos parten de que no importa cómo eres, no importa tu inteligencia, tu capacidad, tú podrías iluminarte. Me parece lógico que un robot que adquiere inteligencia, si se acercara al budismo, en teoría, podría iluminarse.

Como los católicos esperan la venida de Jesús, en el budismo le llaman poner en movimiento la rueda del Dharma. Estamos esperando una cuarta vez que suceda eso. Y tiene que ver con el hecho de que cualquiera pudiera poner en movimiento la rueda del Dharma, no necesariamente tiene que ser alguien especial. Podría ser alguien que súbitamente se ilumina y esto sucede.

 

ÓA. En tu cuenta de tuiter aparece que eres fan de Hello Kitty y Pepe Rojo, en su libro Interrupciones, tiene un texto que habla sobre este personaje, y dice que no tiene boca para que cualquier persona se pueda imaginar la mueca que está haciendo. Es muy agradable pensar que cualquier persona le puede colocar la mueca que quiera. ¿Cuál es la razón por la que te agrada a ti?

AP. En Guadalajara había una tienda muy grande de Hello Kitty, muy grande, siempre iba con mamá, que es muy católica, y me decía “no, es para niñas”. Un día le dije “mamá, cuando yo tenga dinero me voy a comprar todas las cosas de Hello Kitty y me va a valer madres”, y lo hice. Además eso tiene mucho que ver con mi liberalismo absoluto: no creo en las cosas para niños o para niñas. A mí me encantaba Hello Kitty porque me gusta el diseño, estéticamente me parece formidable y lo hago.

 

 

También es cierto que soy un escritor peculiar: soy budista, soy epiléptico, soy alcohólico recuperado, me dan miedo las piñatas de Batman, amo los videojuegos, hay una serie de cosas que me definen que son estrafalarias pero no son planeadas, nacen por algo. También soy cumbiero, siempre lo he sido. De pronto estoy leyendo Ulises de Joyce y me harto y leo el TV Notas, siempre he pensado en que no debo tener límites en lo que me gusta, en lo que veo, en lo que leo. Por eso soy libre en mis gustos.

 

 

Y más allá de eso, la clásica crítica es “ah, es que es joto y le gusta Hello Kitty”, a mí me vale madres. Si creen que soy joto para mí es como si pensaran que en vez de ser del D. F. soy del Estado de México, no hay muchas opciones. Para mí es lo mismo en ese sentido. También es una especie de rebeldía que se ha mantenido: si me gusta, qué importa que sea un cabrón de 40 años.

 

 

Imagen promocional del No demonios tour en Puebla

Imagen promocional del No demonios tour en Puebla

 

 

ÓA. ¿Cómo surgió la idea de hacer esta gira con James Nuño?

AP. La verdad es que todo surgió porque nos empezamos a volver muy amigos. Un día le dije “ojalá vivieras en el D. F., te vería todos los días”. Un día presentamos juntos en Guadalajara y le dije “ésta ha sido una de mis mejores presentaciones, por qué no reproducimos el concepto y así te veo más y vendemos libros”, todo se unió. El fundamento es que me gusta mucho platicar y convivir con él. Soy muy bueno escuchando. Me gusta mucho escuchar a la gente y que me platiquen pero no soy bueno contando lo que me pasa. Cuando encuentro a alguien a quien sí le cuento mis cosas, me gusta tenerlo cerca. Entonces a James le tengo mucha confianza y le he platicado muchas cosas. Me gusta mucho convivir con él. Para mí es eso, es una cuestión de amor, de amistad, de cariño y de complicidad, de permanecer juntos porque además las novelas salieron un día la de él y al siguiente la mía. Todo se fue cuadrando para que nos volviéramos grandes amigos.

 

ÓA. ¿Cómo llegaste a Paraíso Perdido y qué significa para ti tener un libro publicado con ellos?

AP. Fíjate que es muy chistoso porque mi vida siempre ha sido una locura. Después de un gran trayecto en el que una editorial se había quedado con mis derechos mucho tiempo sin hacer nada, recuperé mis derechos pero tenía que comenzar otra vez la búsqueda. Estaba muy desesperado, había perdido tres años y dije “van a ser otros tres por lo menos en lo que alguien te lee” y un día soñé que estaba leyendo la novela y dije “me voy a fijar qué pinche editorial es, porque así ya sé a quién le tengo que mandar el libro”, y efectivamente vi que decía “Paraíso Perdido”. Me desperté y dije “estoy leyendo a Milton, me encanta esta cuestión de los ángeles y los demonios, es una proyección freudiana… pero si mi vida ha sido una locura, a lo mejor aquí hay algo”. Me puse a buscar si es que existía una editorial con ese nombre y la encontré. Le escribí al mero mero, Antonio Marts, y le gustó la novela, la metió al Premio Lipp y resulta que nos dan la mención honorífica, todo se fue conjuntando no mágicamente pero sí de una manera extraordinaria, curiosa.

 

ÓA. ¿Eres de Guadalajara?

AP. No, pero le contaba a James, que yo crecí hasta los 18 años pensando en que era de Guadalajara. Mi mamá es de allá e íbamos por lo menos dos o tres veces al año y me decía “sí, tú naciste aquí”, hasta que un día necesité mi acta de nacimiento para un procedimiento y veo que soy del D. F., y le digo “mamá, qué pedo”, “yo quería que amaras Guadalajara”, en realidad nací en el D. F. pero siempre me consideré tapatío.

 

ÓA. Una última pregunta, ¿qué es el amor?

AP. La persona más importante en mi vida es mi esposa. Llevo con ella 14 años de relación. Y todos los días, lo que más quiero es regresar a mi casa y ver a mi mujer. Ella me ha ayudado un chingo en la vida, me encanta coger con ella, a veces me masturbo pensando en ella. Ella es como esta mujer ideal que nunca ha dejado de serlo y cada vez me parece más interesante, cada vez me parece más guapa, cada vez me parece más inteligente. Ella es cantante de ópera, me encanta escucharla cantar, es sanadora, ver esa otra parte de su vida muy mística me fascina. Mi esposa me vuelve loco.

Alguna vez alguien me preguntó “¿qué preferirías estar con tu mujer toda la vida o ganarte el Premio Nobel?”, yo le dije “la verdad es que estar con mi mujer”. Para mí eso es el amor. Pero sé que es algo excepcional porque sé que encontrar a alguien así no es fácil. Lo que creo es que la gente se desespera y se conforma. Muchas parejas están porque creen que no hay nadie más, no son pacientes. Yo esperé mucho tiempo para encontrar a mi mujer, estuve solo muchos años porque decía “no quiero conformarme con una relación mediocre” y de pronto ella apareció.

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Entrevistas

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