En la prepa Lázaro: dos voces del sismo.

Fachada de la preparatoria Lázaro Cárdenas de la BUAP, foto de Iván Gómez

Fachada de la preparatoria Lázaro Cárdenas de la BUAP, foto de Iván Gómez

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

 

 

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Hay que cerrar los ojos de los muertos

porque vieron la muerte y nuestros ojos

no resisten esa visión.

Al contemplarnos

en esos ojos que nos ven sin mirarnos

vemos al fondo nuestra propia muerte.

Fragmento del poema “Las ruinas de México”,

de José Emilio Pacheco

Sin la valentía con la que Sandra y A me

narraron algo tan difícil no se hubiera

concebido este texto.

Es para toda la comunidad de la

Preparatoria Lázaro Cárdenas: compañeros.

 

 

La fachada cuenta con nueve balcones y cuatro entradas pequeñas junto a la principal. Son dos a cada lado y pasan desapercibidas por lo grande de la central, que además está adornada con un frontón blanco. En una de las columnas grises que da forma a la entrada ––entre estas dos se encuentra la puerta café deslavada– está una placa azul con letras blancas:

CASA MUNUERA

Escuela Preparatoria

Gral. Lázaro Cárdenas

Data del Siglo XVIII

Calle 4 Oriente 414

 

La pared es de ladrillo rojo hexagonal con azulejos en forma de triángulo esparcidos por toda la fachada, juntos forman los bordes de estrellas de 6 puntas. El rojo, el gris y el blanco son los colores predominantes, también destaca el azul: a medio metro del piso se forma una franja de mosaicos azules que va de extremo a extremo.

 

La bibliotecaria A (quien me pidió no revelara su nombre) está de pie frente al edificio en el que ha laborado durante dos años, el último junto a su compañera Sandra, quién la está esperando en otra calle, es A quien le ha dicho que espere ahí, lejos del edificio, no quiere exponer a su compañera y también amiga con dos meses y medio de embarazo al terror de recordar el caos del día anterior, del 19 de septiembre de 2017. En ese inmueble murieron tres personas y una resultó lesionada. Se trata de una estudiante, un ex alumno que sólo estaba de visita y una trabajadora administrativa que desarrollaba labores de intendencia, la persona lesionada es una docente.

 

Estando afuera, en realidad no siente nada, sólo un poco de nervios por el recuerdo de lo que sucedió la tarde anterior; poco más de 24 horas separan su pasado del presente que vive en ese momento. “… regresé por mis cosas personales. Fue una sensación de nervios”, así lo expresa ella. Cuando entró no sintió nada más, fue hasta que salió que los nervios se transformaron en miedo, el recuerdo laceraba su interior y se expresaba con su piel erizada. “Se extraña el lugar, algo así te cambia la vida. Te encariñas con las personas con las que laboras, con los chicos, y de repente, de un día para otro, ya no los ves, estas cosas te separan de todo eso”, me narra con la mirada firme, a tres meses del incidente; no arrastra las palabras como lo hizo al contarme la peor parte de la tragedia.

 

 

Sandra –a quien entrevisté días después de A– me comenta que su compañera no la dejó entrar «no he pasado por esa calle, he estado cerca, en la 2 oriente, la calle de la prepa Zapata… no he querido pasar por ahí, porque todavía siento que es difícil, A me dijo ‘sabes qué, no entres, yo saco tus cosas’, eran mi mochila y mi chamarra, le dije que sí, no podía decirle que no». Así es como logro complementar el relato, pues esto último no me lo narró A. No hay heroísmo en nuestros actos, sólo una inmensa solidaridad que no revelamos. Somos humanos protegiéndonos unos a otros.

 

 

Sandra se encontraba en el espacio asignado temporalmente para la biblioteca, debido a que el original lo remodelaban; estaba sola: A había salido minutos antes a la cafetería que está en el segundo patio. Ahí comenzó el movimiento, no había ningún alumno, “era la única clienta; comencé a sentir como el piso tronaba, y luego el movimiento. Me salí al pasillo que está más amplio y me puse bajo un arco de cemento. Las señoras de la cafetería estaban en una crisis nerviosa, los chicos gritando y un profesor calmándolos […] las puertas se hacían de hule, era horrible. En el patio en donde yo estaba no sucedió nada, no noté que se cayera nada, todo bien. A los pocos segundos de que pasó el terremoto me fui al patio principal, a mi lugar de trabajo. Ahí se desplomó un copete y vi tiradas a 4 personas bajo los escombros”.  Mientras observaba la tragedia buscaba a su compañera Sandra. Cuando comenzó el temblor ella creyó que el mareo era producto de su embarazo; tardó unos segundos –quizá menos– en percatarse de la verdadera razón y salir hacía «lo que se considera la zona de seguridad. Fue ahí cuando me percaté de la dimensión de lo que podía llegar a suceder. Seguía temblando, lo primero que hice fue buscar a mi compañera, todos empezaban a juntarse, a buscarse, pero seguía temblando. Empezó a tronar todo. Y cuando la gente comienza a salir se cae la estructura superior. Al ver que se estaban cayendo las piedras la bola de gente que estábamos ahí nos hacemos hacia atrás, a un arco de piedra, y que es el pasillo hacia el segundo patio. Lo único que recuerdo es que agarré a una alumna que ubicaba, ella estaba en shock, porque ella sí presenció todo. Vio cómo se calló el copete, lo que le pasó a la mujer… no se podía mover, estaba en shock completamente. Me dije ‘no puedo salvar a más de uno’; la agarré de los brazos y la hice hacía atrás. Dimos un recorrido largo: de donde estábamos nosotros, a mano izquierda, nos pasamos a lado derecho, que es donde está la biblioteca. Cuando los chavos intentan salir lo único que se puede ver es piedra. La niña que falleció tirada boca abajo, a una maestra que quedó lesionada de su pierna, vi a Brandon…». Él fue integrante de un grupo de rock, cuando había convivios en la prepa él tocaba. De alguna manera fue una personalidad dentro de la institución. Estaba de visita, era exalumno, Sandra lo recuerda carismático y con muchos amigos, «cuando yo lo vi estaba boca arriba con el escombro en el cuerpo. La niña que llevaba trató de agacharse para ayudarlo, yo le dije que no podíamos hacer nada. Le vi los ojos abiertos, me acuerdo de su cara, su expresión ya no era de vida…», sabe que pese a eso, murió hasta días después, en el hospital. Continuaba diciéndole a la niña que siguiera avanzando, era imposible ayudar en algo. La niña por fin habló, con la voz rasposa y las palabras sacadas con mucho esfuerzo decía que tenían que ayudarlos, pero Sandra, consiente de sus limitaciones agarró con un poco más de fuerza a la niña y la sacó del edificio. Por fin salieron.

 

El copete que acabó con la vida de los estudiantes y lastimó a la profesora cayó muy cerca de la entrada. Muchos estudiantes tuvieron que pasar al lado de ellos para poder salir; otros evacuaron por la salida de emergencia –que es una de las puertas que rodean a la principal– una vez que acabó el sismo.

 

La intendente Mary no estaba entre esos cuerpos, hasta la fecha, tanto A como Sandra se preguntan dónde estaba ella y cómo fue su deceso, ambas creen que si murió fue por tratar de ayudar a la comunidad; recuerdan que siempre tuvo una actitud colaborativa.

 

En todo ese tiempo Sandra no había podido ver a su compañera. «Sólo dimensionaba el pequeño mundo de mi prepa, que era un caos, y saliendo, hacia la 4 oriente es lo mismo: los coches colapsados, el museo del alfeñique con partes cayéndosele. Esos minutos se repitieron mucho tiempo en mi cabeza. Yo buscaba a mi compañera, ‘dónde estás, dónde estás’, me repetía, ‘¡dónde estás, te quiero ver!’, ella hizo lo mismo». Una vez afuera, trasladaron a toda la escuela a la explanada del Teatro Principal. Directivos, alumnos, docentes, trabajadores administrativos y personal de apoyo de seguridad se aglomeraron ahí, la idea era tratar de hacer un conteo rápido, todos se pasaron lista entre sí, los jefes de grupo pronunciaban nombres conforme su memoria los enlistaba y ellos decían otros nombres, de modo que entre todos revisaban que estuvieran todos. Sandra continuaba con la chica, aún la llevaba de los brazos, así fue como se dirigieron a la explanada. «Y ahí ves otra vez… tú sales de tu círculo, de la situación difícil y entras a otra más grande, que es toda la ciudad: helicópteros recorriendo la zona; ‘¿entonces qué paso?’, me decía, fue algo más fuerte de lo que yo pude ver. Ves la cúpula de San Francisco caída, niños llorando… crisis nerviosas, niños con polvo en la cara y llorando. Fue algo como de película. Lo que agradezco es que a la persona más cercana para mí en ese momento, A, no le pasó nada. Desgraciadamente la compañera intendente sí falleció… lamento mucho mucho su pérdida. Era una persona –y no es porque ya no esté con nosotros– apreciada por toda la comunidad. También de la niña de segundo y de Brandon, a él lo ubicaba muy bien. Yo creo que para regresar a como estábamos en esa prepa va a estar difícil».

 

La biblioteca de la preparatoria Lázaro Cárdenas era poco frecuentada, fue hasta un par de años atrás que se comenzaron a realizar actividades con la intención de acercar a los estudiantes a la lectura. En el último año de labores, la biblioteca difícilmente estaba vacía, es por eso que tanto Sandra como A ubican muy bien a la mayoría, además de que el trato con ellos era bueno.

 

 

«Creo que lo que vivimos nos marcó para siempre. Siempre vas a ser parte de ellos y ellos parte de ti. Porque en ese momento nos vimos las caras de forma triste, compartimos la tristeza que muchos vivieron […] yo quisiera volver a ver la niña que saqué. Nos separamos en la calle, cuando vio a una de sus amigas, se abrazaron y lloraron. Quisiera volver a verla, quien sabe si se acuerde de mí, estaba en shock […] Creo que la mejor cura es el tiempo. Al centro lo he evitado completamente, no quiero ir por esa zona, y con eso me he podido ayudar un poco. También con ver otras caras y estar activa, no puedo no hacer nada porque comienzo a divagar. Solamente así».

 

 

“Ese día tuvimos un curso de inducción en la mañana, salimos de la escuela y regresamos como 9:30 […] A la compañera de intendencia yo la trataba todos los días, estaba en mi turno. Todas las mañanas, al llegar a la escuela era saludarla. Sé que se llamaba Mary, doña Mary, así la llamaba. Ahorita no se siente ese cambio de su ausencia, pero cuando regresemos… Ese día, cuando volvimos del curso le dio un abrazo a Sandy por el embarazo, y yo la saludé. Le dijo a Sandy que se cuidara mucho; pareciera que se había despedido […] Yo creo que con la muerte todos tenemos nuestro momento. Y esto espero tomarlo así, que cuando nos toca, nos toca”.

 

El terror duró apenas un par de minutos, las consecuencias, no. Esas continúan, se llevaron varias construcciones viejas y nuevas; y lo más importante: se fueron muchas vidas, como estas tres de la preparatoria Lázaro Cárdenas. De un instante a otro solo sintieron un golpe, el ensordecedor silencio que precede a la muerte. Oscuridad.

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Surtido Rico

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