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Fuego en Las Cumbres. Foto cortesía de Rosario Valcárcel.
Fuego en Las Cumbres. Foto cortesía de Rosario Valcárcel.

Por Rosario Valcárcel.

Una de estas  mañanas en que encendí el televisor, contemplé  aterrorizada como el fuego rugía.

Contemplé  atónita la fiereza de las llamas, la explosión de las hogueras avivadas por el viento. Cruzaban los escabrosos terrenos de nuestras cumbres, chamuscaban higueras, casas y cabañas, subían las paredes escarpadas, las montañas. La esperanza era que diluviara pero hacía calor, mucho calor, el día estaba soleado y sin una sola nube.

Se oían ladridos de perros, cabras balando, conejos corriendo como si el alma se la llevara el diablo. No había tiempo que perder. Los servicios contraincendios actuaban, unas mujeres rezaban y un chico filmaba la escena. Cientos de animales morían, aves atrapadas en la fase de la anidación. Gritos de dolor retumbaban en el aire.

Al locutor le costaba mucho trabajo narrar los hechos pero decía: -Nuestro hábitat no es como el Parque Jurásico, una potente imagen de las fuerzas de la naturaleza. No debemos recrearnos en las cenizas de nuestro paraíso. Desgraciadamente, no podremos hacerlo volver.

El humo ennegreció los almendros, las tuneras, los olivos y eucaliptos, las palmeras centenarias con troncos gruesos. Los espacios y los rumores advertían la presencia del infierno. Entonces me  acordé de los espíritus: soliviantados pero silenciosos.

Se dijo que fueron las cosas de Juan, un inconsciente que había amenazado con quemar el campo. Las llamas se elevaban igual que las burbujas de jabón con las que los niños jugamos de pequeños. Poco a poco tocaban la cima de las montañas, las alturas. Se embebían entre las nubes.

Pero me consoló madurando que la isla tiene una fuerza particular. Estaba segura de que los pinos recuperarían de nuevo la sonrisa. Porque después del fuego, la tierra –en una especie de milagro- reverdece con nuevos brotes que crecen de las raíces que afortunadamente no fueron alcanzadas por las llamas. Pasado un tiempo el corazón de los árboles –no se sabe cómo- vuelven a latir.

Quizás sea el aliento, el tesoro que esconde el volcán…

Fragmento de mi libro “El Séptimo cielo”

Contacto con Rosario Valcárcel. 

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