Nuestra poca memoria histórica: El desfile del amor.

Portada de El desfile del amor de Sergio Pitol

Portada de El desfile del amor de Sergio Pitol

 

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

 

El desfile del amor, de Sergio Pitol

“Un hombre se detiene frente al portón de un edificio de ladrillo rojo

situado en el corazón de la colonia Roma,

una tarde de mediados de enero de 1973.

Cuatro insólitos torreones,

también de ladrillo, rematan las esquinas del inmueble.

Durante décadas, el edificio ha constituido una extravagancia arquitectónica

en ese barrio de apacibles residencias de otro estilo”

Fragmento del capítulo “Minerva”, pág. 9.

 

Ese hombre es Miguel del Solar, historiador mexicano que vive en Inglaterra, escribió una crónica sobre varios sucesos de la Revolución, sobre todo de 1914, el libro se titulará El año 14 y por eso está en México, para entregar las últimas correcciones de un borrador que no lo acaba de convencer. Se detuvo unos minutos a contemplar ese edificio, en donde pasó una etapa muy pequeña de su infancia al lado de sus tíos Eduviges Briones de Díaz Zepeda y Dionisio Díaz Zepeda, etapa de la que recuerda muy poco en realidad.

También ahí se mantiene reflexionando sobre lo que posiblemente será su siguiente libro, que nació al descubrir la correspondencia entre una empresa petrolera de la Huasteca y su central en Londres, lo cual lo remonta al crudo ambiente político de los años 40, a causa de la segunda guerra mundial, naturalmente. Por eso llegaron muchos alemanes a México como espías y, lo que más lo ensimisma, es el asesinato que se suscitó en ese edificio una noche de 1942, año en el que él lo habitó; el asesinado se llama Erich Maria Pistauer, hijo de Adele Pistauer e hijastro de Arnulfo Briones, hermano de su tía Eduviges. Esto mientras la dueña de una recién inaugurada galería de arte y entonces habitante de uno de los departamentos, Delfina Uribe, ofrecía una fiesta en honor al pintor Julio Escobedo y a causa del regreso a México de su hijo.

 

En los siguientes días se obsesionará con el acontecimiento y al buscar detalles de este en la prensa y los archivos de la policía se encontrará con que no hay más que unas cuantas notas al respecto y una conclusión apresurada, casi burda. Es así como decidirá llegar al fondo del misterio, para esto recurrirá a casi todos los que para ese año habitaron el edificio y a varios de los invitados a la fiesta de esa noche, con los que tendrá varios encuentros.

 

 

“Señor mío –prosiguió-, toda profesión puede ser honorable, hasta la literatura, si se le puede llamar a eso profesión. ¡Honorable! Por desgracia la mayoría de los literatos no lo son. ¡Gente sin amor al oficio! Lo único que les importa es el poder que les confieren sus fotografías al aparecer en la prensa. Cuando lleno un formulario, jamás se me ocurre llenar el espacio dedicado la palabreja “escritor”, ni siquiera “editor”, sino “librero”, la considero, sabe usted, una actividad más noble y limpia.”

Fragmento del capítulo “El mismo que canta y baila”, pág. 106.

 

 

La novela nos entrega personajes entrañables, que conoceremos a través de dos líneas temporales -1942 y el presente de la historia, 1973- sin que el narrador intervenga tanto, son ellos mismos los que a través de largos diálogos se muestran como una aproximación de lo que realmente son: pues todos se colocan en el centro de sus relatos, de tal modo que, mientras el personaje Pedro Balmorán es esbozado como uno de los villanos en la narración de la anfitriona de la fiesta, se presenta como el mártir que llegó a la reunión por otros motivos ajenos al entretenimiento en su narración.

 

La hija de Ida Werfel presenta a su madre como la agredida de la fiesta a manos de un misteriosos personaje que llegó en busca de un cuadro del pintor Julio Escobedo, y más adelante, Julio y su esposa Ruth se presentarán desde su perspectiva, de manera que los personajes más objetivos son los ya muertos y también olvidados: en los relatos se habla de casi todo menos del asesinato de Pistauer, todos quieren lucirse ante el historiador, son ancianos y tratan de aprovechar su entrevista para lucirse. Esto, más allá de la confusión que genera, resulta cómico, y es que la novela es en parte eso: una sátira sobre la vida social en México en los años 40: llena de apariencias y familias venidas a menos gracias a la Revolución.

 

Y lo que comienza como una investigación en torno al asesinato le genera más preguntas a del Solar que terminan por convencerlo de que su investigación está destinada al fracaso. La lectura se presenta como un mal chiste para el protagonista, al tener que escuchar anécdotas que en nada le interesan. Por lo anterior es que nace el título, que a su vez está inspirado en la película de 1929 con el título homónimo:

 

 

“… y que tal vez la historia de aquellos crímenes fuera más sencilla de lo que parecía […] ¿Cuál era la relación del “bastonero de oro” con la familia Briones? ¿De dónde había surgido? ¿Dónde estaba? ¿Qué papel concreto desempeñó en las actividades de Arnulfo Briones? Aparecía en los relatos de todos sus entrevistados. […] Vagamente le pareció recomponer en la memoria la imagen de un hombre flaco, dientón, enfundado en un traje oscuro a rayas, con un sombrero cuya ala le cubría la mitad de la cara. ¡Martínez, galán y diplomático! ¡El gran bastonero de oro en el desfile del amor!”

Fragmento del capítulo “El desfile del amor”, pág. 178.

 

 

La obra como metáfora de nuestra sociedad

El final es muy extraño. Sin la intención de arruinar la trama, puedo adelantar que Miguel del Solar no llega a nada, acaba por convencerse de que no resolverá el caso y se da por vencido. Al llegar a este final me generé dos conclusiones: seguramente la obra queda así porque Pitol desea hacernos partícipes de la novela a tal grado que, con la información de cada relato, cada uno concluya quién es el culpable del asesinato; porque al menos así lo hice yo y anoté mi conclusión en la última página del libro.

 

 

Sergio Pitol foto de Pascual Borzelli Iglesias

Sergio Pitol foto de Pascual Borzelli Iglesias

 

 

La otra es que la novela es una metáfora de la poca memoria histórica que poseemos como país, Pistauer bien podría ser sólo una alegoría de la impunidad que miles de personas sufren año con año y el poco interés que cada uno de nosotros muestra. Al acabar la novela relacioné mucho la muerte de Pistauer y el silencio que se generó en años siguientes con un tema actual: la muerte de Javier Valdez, lo cierto es que generó muchísima indignación entre periodistas y sociedad, pero es muy probable que su caso quede impune y, lo más triste, ¿se le seguirá recordando en 20, 30 años o nuestra poca memoria histórica nos lo impedirá?

 

 

“… los hombres, con tal de no desprenderse de un centavo, prefieren vivir como fieras. ¡Lobos del hombre!”

Fragmento del capítulo “El desfile del amor”, pág. 175.

 

 

Sergio Pitol (1933- ) ganó con justa razón el premio Herralde de Novela con este libro en 1984. Escritor veracruzano, perteneciente a la generación del medio siglo, en la que también destacan escritores como Salvador Elizondo y Vicente Leñero. Es uno de los escritores más dotados en nuestra literatura mexicana y El desfile del amor es un claro ejemplo: novela con tintes históricos, policiacos-detectivescos y cómicos-satíricos, todo esto en menos de 250 páginas (según la versión en Era).

 

En 2009 le fue diagnosticada una afasia primaria progresiva no fluente, es lamentable la precaria situación a la que su enfermedad lo ha confinado, se trata de uno de los escritores más audaces de México y es injusto que no haya tenido un trato digno por parte del DIF (institución encargada de su cuidado) durante el periodo de gobierno de Javier Duarte. Propongo que, a manera de apoyo, leamos todo lo que se nos presente del autor, lo tiene más que merecido y además es todo un gozo. Sergio Pitol ganó el premio Cervantes de literatura en 2005.

 

El desfile del amor. (1989). Ediciones Era.

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Surtido Rico

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