El ábaco, la lira y la rosa

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Portada de “El ábaco, la lira y la rosa” de José Luis Díaz. Imagen cortesía de Andre González.

Por Andrea González.

El primer problema de la epistemología se refiere a la posibilidad misma de conocer.

 José Luis Díaz

Durante años se ha mantenido un conflicto irreconciliable entre las ciencias exactas y el humanismo, sin embargo José Luis Díaz a lo largo de once capítulos en “El ábaco, la lira y la rosa”, nos muestra la unificación de tres áreas de conocimiento “el arte, la sabiduría y la ciencia”. Con un lenguaje literario, el libro comienza con una explicación acerca del conocimiento científico hasta culminar con la sabiduría, haciendo un recorrido por ciertos procesos dialécticos en los diferentes tipos de conocimiento.

 “El ábaco, la lira y la rosa” es una invitación a mejorar el mundo a través del conocimiento, en sus diferentes estadios.  A partir de la vinculación de dichos, el hombre puede comprender el mundo natural y el mundo social. Esto le permitirá  establecer una interrelación entre los mismos, la cual impulsará que su comprensión desemboque en el análisis del ser humano, para llegar a la sabiduría.

Al hablar de tipos de conocimiento, el autor se vio en la necesidad de  definir en primera instancia el conocimiento como “una información sutil y formidable, personal y colectiva que buscamos, atesoramos y utilizamos”. También identifica sus características, tales como la adaptación, la evolución, la interacción sujeto-objeto, así como la limitación y la subjetividad del mismo.  Posteriormente clasifica el conocimiento en: perceptual, por consenso, aceptable, aprendido, operacional, almacenado y vivencial, llegando a la conclusión que el conocimiento es un “proceso de adquisición y uso de esquemas de representación – acción”. Con ello el autor reconoce que el conocimiento posee un alto grado de materialización, alejándolo de la  simple abstracción, y reconociendo al mismo tiempo su objetividad y subjetividad.

El primer tipo de conocimiento,  la ciencia, se desarrolla a partir del paradigma newtoniano, el cual permitió “sistematizar, generalizar y unificar el lenguaje de la ciencia”. Así, se establecieron los pasos del método científico, los cuales no son una receta que deba seguirse al pie de la letra. Por ello es necesaria la imaginación y creatividad del investigador para el definir el planteamiento del problema, características también necesarias para crear arte. La ciencia y el modelo científico constituyen una parte esencial de la cultura, y es aquí donde radica su verdadera importancia, ya que el hecho de ser una representación del mundo, nos obliga a pensar que es un producto de la sociedad. De esta forma podemos resumir el papel de la ciencia como una representación colectiva y al mismo tiempo como una forma de estimular la conciencia. Si la ciencia tiene un carácter social, entonces posee un carácter subjetivo. En este sentido,  el autor hace una reflexión acerca de los valores y la ciencia,  por lo cual sostiene que “no podemos afirmar que algo es bueno porque se le desea, o que se le desea porque es bueno”, es decir el valor se convierte en una impresión subjetiva que depende de los medios y fines de las personas. Para resolver este tipo de problemas, no basta con adoptar una postura reduccionista, sino que debemos conjuntar conocimientos como la biología, la psicología conductual, la psicología cultural, así como el contexto social.

Algunos procesos dialécticos que son incluidos a lo largo del libro son el conflicto reduccionistas-holistas, el estudio materia-forma, el conflicto materialismo-empirismo y el mito, concluyendo que éstos no deben ser excluyentes y por el contrario deben complementarse. Uno de los conflictos más atractivos es el referente a  la materia y forma. Es interesante la afirmación de que las formas pueden permanecer a pesar de los cambios en la materia que las sustenta, ¿Acaso no es sorprendente que a partir de expresiones artísticas como la fotografía podamos observar estas propiedades?

Otro conflicto que es abordado de una manera atractiva es el referente al mito. Éste  genera conflicto entre la creatividad del ser humano y el aspecto destructivo del hombre. Cabe añadir que el autor pone en relieve que en diferentes culturas han existido los mismos mitos, creando la hipótesis de una transmisión genética de símbolos tal como lo hacen  el lenguaje, otorgándole un carácter propositivo a la obra para abrir otras líneas de investigación.

Merece una notoria mención el recorrido histórico que el autor elabora de la ciencia islámica, ya que nos ayuda a reconocer que la cultura occidental no es la única que ha hecho aportaciones al desarrollo científico, obligándonos a dejar la percepción centralizada de la ciencia. Ibn-Khaldun, historiógrafo mencionado en la obra, elabora desde mi punto de vista una hermenéutica de la sociedad, ya que es el primero que intenta en establecer una teoría de la historia más allá de la mera acumulación de los hechos.

Por otra parte el arte es abordado en relación con la ciencia. Díaz establece las semejanzas entre ciencia y arte, tales como escuelas, teorías, técnicas, y la representación, así como sus diferencias en cuanto a producción de conocimiento. Con la ejemplificación del la poesía, la ciencia ficción y elementos tales como materia, forma, y energía en la música, se establece la relación existente entre ciencia y arte.  El carácter científico también puede asociarse con el triángulo de Rouleaux o el diagrama de Venn, los cuales han sido utilizados en la teoría de los colores, así como el número áureo retomado por Le Corbusier o la geometría fractal en las obras de Bach y Mozart.

Finalmente la sabiduría es analizada después de haber estudiado de una manera científica y psicológica el cerebro, la mente, la conducta y la conciencia, ya que a partir de estos elementos se llega a la espiritualidad y con ello a la sabiduría. La sabiduría no implica nunca equivocarse, sino darnos cuenta de nuestra irrisoria necedad. Ésta sólo puede obtenerse a partir del análisis de uno mismo y la comprensión de la vida interior. Cuando hayamos logrado todo esto, entonces alcanzaremos la plenitud.

José Luis Díaz propone una eminente evolución en cuanto a las vertientes de conocimiento. Al lograr establecer una relación entre ellas y elaborar una síntesis de las mismas, nos muestra un gran avance epistemológico. Obligarnos a pensar en conjuntamente y no excluyentemente puede mejorar nuestra capacidad para generar conocimiento y consecuentemente conciencia, porque la conciencia hace referencia precisamente al conocimiento, en el cual el sujeto posee un papel activo en la producción y modificación del mismo. Por tanto, el conocimiento nos algo dado, por el contrario éste implica una deconstrucción constante. El libro nos enseña cómo a través de diferentes estadios de conocimiento científico, psicológico, y filosófico llegaremos a la sabiduría, lo que implica pensarse a sí mismo, y pensar el ser es cambiar al mundo.   

Posted on by Átomo Durán. Posted in Ecos Terrenales

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