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El Enyesque

Antes De Entrar En El Bosque

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Foto cortesía de Antonio Arroyo Silva. Manipulación digital por Cyanuro.

Foto cortesía de Antonio Arroyo Silva. Manipulación digital por Cyanuro.

Por Antonio Arroyo Silva. Gáldar, abril de 2011.

Antes de entrar en el bosque hay otro bosque esperando, como el corazón de Antonio Machado, otro milagro de la primavera. Todos los seres humanos estamos aguardando ese milagro. Si de la muerte de un olmo resurge la vida, por qué no de la muerte de la persona querida. Y si este renacer no es posible desde el punto de vista físico por qué no renacer del desasosiego, de los hachazos que nos da la vida en el tronco de nuestro ser. La leyenda del ave Fénix: renacer del ocaso de las cenizas. Pero no desapego, no abandono o resignación. Ser ésta la energía que mueve el motor de la vida, la misma que hace soplar al viento que a su vez mueve los pájaros. Brújula del sentido en el fluir de la sangre.

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Symphonia: Poemario de Antonio Arroyo Silva

Posted on by Átomo Durán. Posted in El Enyesque | Leave a comment

El equipo de Neotraba felicita a su colaborador Antonio Arroyo Silva por la publicación de su poemario Symphonia, y agradece su colaboración en El Enyesque.

Nota de prensa. Imagen cortesia de Antonio Arroyo Silva.

Nota de prensa. Imagen cortesia de Antonio Arroyo Silva.

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Qué Buenas Son las Madres Ursulinas

Posted on by Oscar Alarcon Posted in El Enyesque, Fotografia | 4 Comments
Colegio Mayor Universitario San Fernando, de La Laguna. Foto Cortesía de Antonio Arroyo Silva

Colegio Mayor Universitario San Fernando, de La Laguna. Foto Cortesía de Antonio Arroyo Silva

 

Por Antonio Arroyo Silva

“Qué buenas son las madres ursulinas” reza una antigua y lejana canción que, sin negar la ironía goliardesca por todo aquello que esté mínimamente despegado del goce terrenal mientras se es joven, le viene al que escribe después de más de 30 años a la mente no por pura casualidad, aunque al principio parezca una asociación de ideas que linda con las doctrinas surrealistas o con la locura extrema.

 

“Qué buenas son que nos llevan de excursión,” sigue la cantinela y por momentos pienso que lo mejor es acudir al psiquiatra para que me cure de estas reminiscencias a la vida monacal. Sigue leyendo

La Laguna de Todos

Posted on by Oscar Alarcon Posted in El Enyesque, Fotografia | 5 Comments
La Laguna, imagen cortesía de Antonio Arroyo Silva para Neotraba

La Laguna, imagen cortesía de Antonio Arroyo Silva para Neotraba

Por Antonio Arroyo Silva

(Queridos hermanos de esta gran familia de la Lengua y amigos mexicanos, la ciudad de la que les voy a hablar tiene para el que escribe unas connotaciones muy especiales, pues en ella, en San Cristóbal de La Laguna (la antigua Aguere de los guanches), donde se centró la definitiva colonización de las Islas Canarias, donde más tarde se asentó el conocimiento como bien de la Humanidad y desde donde una laguna extinguida aún esconde muchas de nuestras raíces, digo, en ella y en su memoria queda el sabor de los platos jamás degustados por el mismo. La fragancia y el gusto por todas esas viandas me quedan sobre el mantel de la poesía. Buen enyesque, amigos)

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La rosa de los vientos gira de nuevo (algunas notas sobre Banana Split)

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Banana Split de Samir Delgado, imagen cortesía de Antonio Arroyo

Banana Split de Samir Delgado, imagen cortesía de Antonio Arroyo


 

Por Antonio Arroyo Silva

 

Plátanos de Canarias, sudor del agricultor platanero. El hambre y la sed, la historia y lo que callan los que la escriben. Los callos de la historia y el tegumento de la falacia… Una receta sencilla. Le quitamos la piel al objeto del deseo, los hilos bajo la piel y lo depositamos en una bandeja de plata. Disfrazamos la apariencia desnuda con un buen chorro de chocolate y situamos a cada lado nata chantillí y una bola de helado de vainilla a derecha o izquierda según cuadre. El postre para las mejores mesas de una casa mal amueblada.

Detrás de la dulzura queda una desazón en el paladar de la memoria, como si le faltara algún ingrediente o como si en algún lugar del plato permaneciera alguna cáscara de olvido escarchada de azúcar. Hay una suerte de mestizaje entre el sabor y la memoria que tanto une a las personas que intervienen en el proceso de elaboración culinaria como las separa:

Explotación hacia los unos, los muchos; lujo sin decoro ni contemplaciones para los otros, los pocos. Sin embargo todos juntos en una etiqueta en la fruta que se planta y se produce en las Islas Canarias, ese lugar que, más que en los mapamundi, figura ya en todas las guías turísticas de los turoperadores europeos.

La poesía no puede quedarse callada tomando el té en la mesa del patrón, no es un objeto de lujo. No responde a los enigmas; pero, al contrario de la historia (también de esta historia), no sólo no miente sino que encuentra el silencio donde alguien escondió la verdad. De ahí el título Banana Split. Un título para hincarle el diente del pensar.

Dice Jorge Rodríguez Padrón que la poesía ha de encontrar su habitación en el lenguaje y que éste (su pulsión) englobaría toda la carga significativa del poema desde ese ahí. Vida y poesía, respiración y sintaxis. Nuestro poeta Samir Delgado no sólo asume este (digamos) principio sino que esa asunción le supone englobar toda la literatura en toda la espacialidad de su poética, la del pasado y la del presente, o sea, toda la memoria oral y escrita. Samir no se encuentra cómodo en esas piezas erigidas en las torres de marfil y gira todas las rosas de los vientos de todas las bitácoras para encontrar las voces casi olvidadas con las que se identifica. Como tantos poetas, primero se asoma al balcón y observa a los transeúntes. Después se pone el sombrero, se ajusta la bufanda y sale a las calles del verso a imbuirse en el transcurrir de los tiempos.

Poesía necesaria como el pan de cada día, poesía que no se lava las manos para evadirse, sino que viaja en el tiempo y el espacio para analizar los momentos presentes que le tocaron vivir.

Así, el grito desgarrador y desgarrado de los ancestros tamazigh, Bartolomé Cairasco de Figueroa y la inauguración del mestizaje con sabor italianizante y universal. La mirada perpleja y asombrada del Poeta Viana, la rebeldía de Nicolás Estébanez, y más. Todos van de la mano de nuestro poeta por esta habitación con vistas.

Esa ansia primera por definir la diferencia está presente en Banana Split a través de estos poetas, con la seguridad del autor de que, a partir de estas voces casi dispersas por el viento del olvido está el quid de la cuestión sociocultural actual. Ese ser-en-la-isla” y aquella teleología fijada por el escritor cubano Lezama Lima y también, en nuestro ámbito insular,  matizada por el poeta Pedro García Cabrera y, en general, por todos los que participaron en la revista Gaceta de Arte hacia 1936. Después el nuevo planteamiento en los setenta de poetas como Eugenio y Manuel Padorno. En pocas palabras, la importancia vital de encontrar un sistema de signos que designen lo insular y saberlo como movimiento fundamental para su incorporación en lo verdaderamente universal. Energía telúrica de la isla para unirse a la sinergia del universo y saber la función del ser humano y su pensamiento en ese UNO que constituye el cosmos.

De esta manera, el llamado sentimiento del mar cobra un sentido particular en Canarias que lo diversifica y al mismo tiempo lo sitúa en el puzzle universal. Se ponen de manifiesto todas las bitácoras recorridas por los distintos pueblos que en algún momento dela Historia confluyeron en nuestras islas produciendo un enriquecimiento hacia adentro y hacia afuera.

Si en Una casa mal amueblada, Samir Delgado analiza el impacto negativo de la mal denominada globalización de la cultura universal y, por ende, su manifestación catastrófica en Canarias, en Banana Split su análisis se transforma en corpus poético y carne emotiva del asombro.

Hay que matizar que en su libro anterior nuestro autor, incluso dentro de los planteamientos sociopolíticos que denuncian con todas las armas posibles de la argumentación y con radical oposición unos hechos orientados a finiquitar la cultura de los pueblos y a centralizarlo todo desde unas premisas prefabricadas por los intereses comerciales de la gran metrópoli contemporánea, nunca deja de observar la realidad con esa mirada poética del que se pregunta la manera de no llegar al desasosiego a pesar del caos. En Banana Split, aparte de esto, ya hay un poeta que, más que saber, intuye que su respiración debe estar presente en el mensaje, pues de ello depende la eficacia de su poética. La semántica de su texto es pura sintaxis corporal. Formas que se corresponden con la vida, respiración que aspira a su propio equilibrio y al de su entorno.

Desde el primer texto que leí de Samir Delgado (ahora no recuerdo si un poema o un ensayo), sentí dibujado en la página ese inmenso huracán que supone para la literatura de Canarias la palabra de Agustín Espinosa, sobre todo en su obra Lancelot 28º 7º. Precisamente a este autor no le preocupaba si el resultado final de sus textos era un poema, crítica literaria, un método para depilar las axilas o un poco de todo. Espinosa tenía que traspasar los océanos y no quedarse amarrado a la roca de la isla. Que lo que nos separara fuera lo que nos uniera. Transcender también los marasmos genéricos, los caireles de la literatura. Una acción identitaria que ponía a la par los límites de la expresión y los de la insularidad.

Aparte de esto y del mestizaje que ya a Samir le viene por tradición, en Banana Split hay otro tipo de mestizaje más íntimo que se manifiesta en la obra a través de las estampas, ya no los afiches o postales turísticas sino aquellos recuerdos trasmitidos del padre libanés, que hacen que el corpus poético se llene de un absoluto lirismo, no sólo por lo emotivo, sino por el ejercicio de la mirada que se ahonda en el álbum familiar alcanzando desde la aparente objetividad una belleza envolvente.

En resumen, no se trata de un mestizaje literaturizado, sino de una indagación en las raíces que el poeta (o a ese sujeto lírico que está oculto en el poema) le tocan de parte y parte. Y con ellos la memoria lejana o próxima.

Tamazigh, fenicio, canario, libanés, plátano de Canarias, banana split para el turista, silbato de tinta amarilla y bofetada. Todos los ecos, las heridas, las brújulas, los aparejos, la carnada y el pez.

La rosa de los vientos gira de nuevo.

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SAMIR DELGADO Joven autor canario. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna. Gestor cultural, editor y locutor de radio. Colabora con artículos periodísti­cos en portales digitales alternativos. Participa acti­vamente en los movimientos sociales de las islas. Asiste como autor invitado al II Encuentro de Escri­tores y Escritoras Jóvenes de Canarias organizado por el Cabildo Insular de Tenerife (2009), al Forum des Langues du Monde en Toulouse, Francia (2009) y el XV Festival Internacional de Poesía de La Haba­na, Cuba (2010). Es Codirector de la revista literaria La Salamandra Ebria y Coordinador responsable del Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas. Entre su obra publicada destacan el ensayo “De Guajara a Tafira” Travesías del movimiento estu­diantil canario (2005), “Última postal desde Cana­rias” (2006), “Poema global de la ciudad turística” (2007), “Un libro contra el fuego” (2008, CCPC 2010) y “Una casa mal amueblada”(Baile del Sol, 2010). 

Antonio Arroyo Silva también habita en: http://esquinaparadise.blogspot.com/

Las Jambas

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Palmera con helecho, foto de Antonio Arroyo Silva

Palmera con helecho, foto de Antonio Arroyo Silva


Por Antonio Arroyo Silva

(Yo que tengo la manía de arrimar las palabras a otros sentidos, he decidido que, como la palabra “enyesque” hace alusión a comida entre horas, es decir, antes de la cena (sobre todo), entonces debe hincar su diente en otras viandas que no sólo sean alimento del estómago, sino también de los sentimientos, los sosiegos y desasosiegos que asolan o enriquecen la razón misma de la vida. A veces mejor alimentar eso que llamamos espíritu con el ejercicio de la mirada para comprobar que ésta no sólo está en los ojos (ni en el estómago), sino en los demás sentidos físicos, que la literatura y el arte nos demuestran que superan el número de cinco. Pero, claro, siempre sin olvidarse que el hambre ronronea como la gata de esta historia. Así que tengan un buen enyesque mientras enyescan).

No dan abasto las jambas de la ventana para abrirse a tanto milagro de la primavera. Tienen una escocedura en su cuerpo que sostiene esa parcela del cielo  adherida a los sonidos de las palabras cuando canta el mirlo con  voz metálica.

Es un milagro estar en el desierto y sentir su punzada llenarse de muerte para crear vida. Un milagro: no estar dormido para ver cómo sangra la araucaria y cómo el helecho hace el amor con la palmera. Vampiro succionando la savia en la desolación aparente. Ese helecho procaz da lecciones de vida. Ha hundido sus raíces en el corazón de la támara y encuentra una dulzura aun más honda que todos los discursos. O acaso las palabras necesiten ser helechos o palmeras para olvidarse que existen, y ser la esencia del amor. Por eso respirar este acto es  un trallazo que la luz trae al pensamiento. No una magdalena, sino la leche que escurre entre los labios en la acción misma de amar.

Hoy miraba el pinar sobre la meseta, apenas cabellera más allá de los riscos. Una nube sedosa daba aliento a esa lejanía. Mas el cielo está limpio aun subiendo al marasmo que trae maresía al sopor de las cuatro de la tarde. Nada hemos perdido, todo está en su lugar. A la gata la atropelló un automóvil. Le rompió el espinazo. Ahí está, luchando por la vida, incluso sin saberlo. En un rincón del patio, se acerca mansamente a un matojo de yerba y selecciona la hoja salvadora, ésa que le dará aliento para acercar su hocico al cuenco de agua. No maúlla, no la eriza el dolor o el miedo. No saber quizás sea la eternidad del instante, no saber que así y todo el próximo mayo vendrá otra camada para estar siempre ahí ajada en el yerbajo de la contemplación, sin objeto, sin prisa.

Sin embargo, hace un año, mi gata tuvo un desasosiego humano: lloraba como una niña cuando su compañero fue a alimentar a la palmera. Y el helecho introducía su lengua verde por el escote del tallo. ¡Qué inmenso devaneo sobre los huesos felinos! Oh hambre que succiona la ausencia cuando el amor llega a su clímax, ¿por qué le hablaste a mi gata del abandono? ¿Por qué tuve que mirar a mi gata con pena?

El Mejor Ingrediente

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Por Antonio Arroyo Silva

 

La música es uno de los ingredientes más sabrosos que se le puede echar al plato de la vida. El recuerdo de la música se queda en el paladar como algo que abre la puerta del pasado cuando se escucha en un momento determinado. Cuántas imágenes olvidadas aparecen ante nuestros ojos que  lustran nuestra sonrisa o nos dan tristeza, porque en esos tiempos, en el justo instante en que hallábamos la fuente de nuestra felicidad o de aquellas pequeñas desgracias efímeras, sonaban en la radio unas notas de tal o cual canción o sintonía. Lo mismo que en las películas de cinemascope, nosotros los protagonistas. Cada persona es como un rollo de film que a veces va hacia delante y a veces hacia atrás. Podemos olvidarnos de alguna escena o de casi todas. Pero, cuando, de repente, oímos nuestra banda de música, todo vuelve, todo es flash-back.

Cuando escucho a Janis Joplin, John Lennon y a John Coltrane, siento una alegría inusitada. No sé la razón, o sí la sé, pero la explicación es tan inmensa que mi película nunca halla metraje suficiente.

Por eso mi olla particular cocina con los ingredientes de la poesía, con esa sustancia que llena aquellos instantes que vuelven a mí.

 

CRISTAL DE JANIS JOPLIN

 

Janis Joplin, imagen por cortesía de Antonio Arroyo

Janis Joplin, imagen por cortesía de Antonio Arroyo

 

Oíamos quebrarse los cristales del cielo. Era más que una voz, que un aullido, un temblor de la arena. Algo le devoraba su vientre de mujer, una ausencia quizás o un desapego de no ser nunca oída cuando llora de noche. Llora, cariño, aunque no por eso. No vale la pena, pero revienta el lenguaje y que contenga tu llanto. Escucharás la lluvia trinar en la guitarra hasta que la guitarra sea la miel que le echas al que se marchó al vacío a no llorar por nadie. Pero siempre estarás ahí esperando (oh, sí, esperando la magia del amor) en la ventana de tu garganta el regreso de otro verano en que el centeno vuelva, vuelva y vuelva entre tanto devaneo del frío. Vuelva y vuelva, nena, a crujir sobre tu piel y te abraces al sol como una diosa feliz con la flor de los labios mordida y remordida, acechante y celosa del mar amarillo con barcazas cruzando el huracán.

Nada más tierno, Janis Lyn, que la seda de la nieve al deslizarse en tu reposo desde la lejanía. Nada más crudo que derramar el invierno dentro de la botella que lanzaste a los náufragos.

Oíamos quebrarse el cielo en los cristales.

MELENA DE JOHN LENNON

John Lennon, imagen por cortesía de Antonio Arroyo

John Lennon, imagen por cortesía de Antonio Arroyo

Nunca me había visto con melena de John Lennon. Realmente a quien quería ver era a John perdido por las calles de esa laguna oculta donde la humedad era el aliento de dioses enterrados y hálitos diluidos.  Me atenía a la estirpe de Albert Prufrock para saciar la voz insegura que nos da el desamor. Lo incierto preguntándole a la próxima cicatriz, la cicatriz presente bullendo como un perro insaciable pegado a la pared para rascarse las pulgas y dejárselas a las horas trasnochadoras de otros eclipses. Los nervios en la piel floreciendo al compás de las mareas silentes de la prisa. Pero no era el amor lo que mantenía en vilo la posguerra del ansia, sino la idea del amor con traje de domingo habitando en las cavernas.

Nunca me había visto con melena de John Lennon. El cabello caía como una catarata por un costado, y por el otro parecía una roca de algas cuando el mar se retira a sus cuarteles del fondo. Sin embargo, siempre me vi imaginando que no había paraísos tras la luna de los armarios, y tomé de su música la costumbre de espantar los infiernos y dialogar con los fantasmas que había dejado abandonados en algún cruce del camino. Como hizo John Lennon para después cantarlo a los cuatro vientos con su melena incrustada en el amor.

EL TREN AZUL DE JOHN COLTRANE

John Coltrane, imagen por cortesía de Antonio Arroyo

John Coltrane, imagen por cortesía de Antonio Arroyo

 

La noche como un saxo que suena en los mirajes de la radio. La noche chilla en la trompa de las mariposas, no se detiene el mirlo sino avanza al limo de la piel trasnochada en su páramo. Nadie abrió la cancela de las oquedades sangrando por la voz de ese metal de estrellas, tan solo como el ópalo de una mujer alzada  al hospicio de amor que escupe en las esquinas a cambio de un denario por todo el paraíso y el canto de sirena que se rompe en Ulises.

Cambiaría su gozo por una nota anómala desprendida del corazón. Su brillo por el gesto de los dientes tan blancos que muerdan la madera. Su hambre, más allá del acorde que al pájaro precipita en el légamo, por una sonrisa aunque fuera de rabia a la sombra del árbol del bien y llegaran serpientes a ofrecerle manzanas.

Nadie abrió la cancela. Fue un hierro acurrucado, una onda expansiva, un tímpano en el ojo zumbando en las colmenas el hueco disonante de todas las heridas.

Me navega la noche cuando el tren es azul en los pulmones bellos de John Coltrane.

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Reflection

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Isla de San Borondón entre La Palma y Tenerife, foto de Jaime Rubio

Isla de San Borondón entre La Palma y Tenerife, foto de Jaime Rubio

Por Antonio Arroyo Silva

 

Y hablando de dietas, el enyesque de este mes se hace difuso. Vamos a picar las neuronas, a ver si esta vez alimentan el cuerpo con sus miles de resultados y diversificaciones. Hay desequilibrio vitamínico, el menú  está descompensado, se inclina la balanza siempre a favor de la olla del otro. Hay trampa o cartón, alguien desde la sombra está echando un contrapeso para que este galimatías caiga en saco roto. Pero resulta que hasta el caldo del fondo está crudo y un hilillo le queda en la comisura de los labios a la duda. En cambio, todo es luz alrededor. O acaso en Minos quieren que todo sea brillo y ponen su empeño en la consecución de tal fin. Como si escribieran un soneto definitivo, ocultando los pasos a dar según la fórmula mágica del gran Petrarca, donde dos ideas se contraponen y entran en crisis para lograr la síntesis. Marx fue un eminente petrarquista, espero que Menéndez Pidal no me lea este tremendo dislate. Me expongo a que se levante de nuevo sobre su tumba con la enorme tijera y vuelva a recortar el lenguaje donde jamás se ponía el sol. Con razón tuvimos que encontrar la desolación para mirar las estrellas.

Decía que si alguien ayuda a un amigo y éste no le premia su esfuerzo al menos con un “gracias”, queda, aun sin quererlo, un resquicio de rencor, o acaso un resquemor soterrado por las filosofías educacionales, que aumenta cuando aquél se ve en una necesidad y éste se desentiende. Entonces surge la rabia, el odio y hasta las posturas violentas. En fin, el agredido o, más bien, el dejado de la mano, el ignorado, no espera otra cosa que una suerte de justicia divina que le abra los ojos al ingrato ahora su oponente. Un día viene la violencia, el deseo de sangre ajena y la palabra enemigo. Por supuesto, todo esto va a parar a la hoguera de las vanidades.

 

“Parece un juego, como si alguien pusiera las piezas sobre el tablero de ajedrez. La partida acaba cuando uno de ellos se mira al espejo y no ve a nadie reflejado.”

 

Cosas y cosas que nada son aquí. Drumond de Andrade puede dormir tranquilo o bailar la samba con esta humareda. No crean que es humor lo que inspiró este incendio, fue el humo de la expiración por la nariz de alguien que escribe sin edad, sin pasado. Tremenda imbecilidad. Aquí nadie se ha bajado del tiempo. No es caballo, ni tren, ni automóvil. Siquiera una escalera mecánica que sube hasta los paraísos de las rebajas de los grandes almacenes. El tiempo no es una metáfora, es una cucaracha que sobrevive a los megatones de quien la alimenta. El tiempo se baja de nosotros y se ríe de los que dicen amar la vida sin vivirla. Sonríe a las cosas negadas, a los que afirman negarlas cuando realmente no existen, y en el fondo creen lo contrario. Ah, esa partida de ajedrez de los que no llenan el vacío y no vacían lo pleno… Todas las piezas, blancas, al mismo lado del tablero. Nunca se ganan la partida, nunca se la pierden. Se inflan en la plenitud de no ser más que un no tiempo. Y no ríen, sólo les preocupa no molestar al que no conocen ni quieren conocer. Al rey negro que gesticula a este lado de la pantalla y se cruza los dedos antes de apagar la película. Los átomos, dormidos en los últimos pixeles,  no saben que alguien los aguarda desde la oscuridad de su blanca humareda.

Pero no es la pena ni la rabia lo que incita a escribir sobre una esencia apenas perceptible y tan desoladora… Es el páramo. Esa parte que se oculta detrás de los muros encalados.

Visto así de frente desde la ventana, hay una línea que separa claramente el cielo de la tierra. El azul ceniciento del cielo del amarillo pardusco de terrero donde las palmeras son de otro país y la yerba se esconde bajo los pies de la sombra, ésos que arrastran la vida bajo las suelas y que pasan como un film sin concluir. Ni siquiera el guirre viene ya a picotear en la carnaza que se quedó en la orilla cuando el mar sube al barranco a buscar su melena de espuma. La que enterró el deseo bajo el tarajal que tiene un corazón burilado en el tronco.

Visto así de frente, si alguien me dice a la cara que toda la finalidad de esta vida es escribir para leerle a las olas. Si alguien me dijese que hay un mar para todos donde hubo una herida profunda que le hizo olvidarse del roce… No es el ser humano la plaga que asola el bosque, es la conciencia de plaga lo que asola su amor. No es la locura, sino ignorarla y sentirse iluminado, entonces, por el faro que más brille allá en la lejanía, y no ver lo cercano, no ver las raíces la copa de las secuoyas, ni el fulgor de las estrellas tiempo ha extinguido en el origen de su llama.

Ay ese laberinto que traza la soberbia en los jardines de la mentira. Súbanse a su ventana, Caballeros Iluminados, y vean aquello que abandonaron debajo de los setos. No hablen, no justifiquen, no expliquen la vida como sumos sacerdotes de la nada. Échense al abismo como pájaros libres de la jaula de sí. Hay ángeles debajo. No teme la caída el carozo sobre el asfalto, sino al grano que vuelve a recordar el hambre.

Un espejismo. Acaso todos los oasis lo sean y estén en otra parte los lugares donde saciar la sed. Tal vez muy adentro, donde el ansia de llegar al agua se cruza con una Penélope que desteje la realidad y la hace arena.

No entiendo nada de lo que digo, no hay objeto de decir.

 

“Usar los hilos de distintas madejas supone tejer y destejer, tejernos y destejernos cuando nos enredamos y tenemos que cortar el cordel para poder salir de nuestra propia asfixia.”

 

No hay equilibrio, siempre alguien dentro de ti que increpa cuando halagas o que ríe cuando sientes que todo alrededor es un inmenso erial para plantar tu alegría o una selva insondable donde la pena florece sin la luz del sol.

 

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Fuerte Potaje

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Potaje de lentejas, foto por cortesía de Antonio Arroyo Silva

Potaje de lentejas, foto por cortesía de Antonio Arroyo Silva

 

Por Antonio Arroyo Silva

 

 

El potaje es un plato típico de la gastronomía española, a base de verduras y legumbres (por lo general garbanzos, pero también hay potajes de judías, o de lentejas), a las que se le añade un sofrito y queda con caldo, pero no llega a ser una sopa. En el sofrito se suele usar cebolla, ajo, tomate y pimiento, a los que puede añadírseles otros ingredientes —huevo duro y espinacas, o tomate y chorizo, etc. Además del ajo, se suelen usar otras especias, como pimentón, pimienta, comino, orégano o clavo. Puede llevar algo de carne, hueso, tocino o chorizo, para darle más sabor  al   caldo,  o   bien    bacalao —que se usa para preparar el guiso conocido como potaje de vigilia, típico de la Semana Santa.

Este plato, en Canarias, como tantos otros, adquiere carácter propio. Encontramos una gran variedad de recetas dependiendo de la isla y el pueblo. Por lo general el potaje canario suele llevar calabaza, cebolla, ajo, pimiento, acelgas, papas, piñas de millo (mazorcas de maíz), batata (boniato), bubango o calabacín, berros, tocino, col (abierta y cerrada), habichuelas (judías verdes), ñame, etc. También lleva algún tipo de grano como judías, garbanzos, o arvejas (guisantes). En algunas zonas como el norte de La Palma y Tenerife las judías o garbanzos pueden sustituirse por trigo. Otros ingredientes son la pantana y los cardos. En el caso de que no lleve ningún tipo de grano se trataría de una sopa de verduras y no de un potaje.  El caldo suele utilizarse también para “escaldar” el gofio y hacer “gofio escaldado”, que se come con carne de cochino.

Como verán ustedes, un plato sano y se puede engordar con la tranquilidad de que no se adquiere ni la más mínima cantidad de colesterol, a no ser que después del potaje vengan las chuletas los chorizos y los piscos de ron. Lo mejor es quedarse con el potaje. Además, acompañado del gofio escaldado, unas cebollas troceadas con aceite y vinagre, que por aquí llaman “queso de campesino”, se queda uno bien.

No sé por qué a los niños se les arruga el mohín cuando preguntan “ma, ¿qué hay de comer?” Y la madre ilusionada responde: “potaje”. Ya vemos a la pobre madre o al padre solidario con el pasapurés moliendo el cacareado plato. “Agg, por aquí se quedó un ajo, o un trozo de cebolla.” “Que no, nene, es la espumita producida por la fuerza centrífuga de la mano al girar la manilla sobre el pasapurés” –responde el cónyuge de turno.

En fin, estos vástagos, con la naturalidad que fueron concebidos, se decantan por la comida artificial de los fast-foods. O será que saben de política y entienden por potaje otra cosa que les hace echar la pota, es decir, vomitar.

Sí, es verdad, hay mucho potaje en la política, sobre todo cuando, como dice la canción, no hay cama pa tanta gente, pues el pueblo sólo tiene un poder para dejar a sus representantes, y ocurre que, como muchos de ellos no tienen una formación para la labor por la que fueron elegidos, buscan asesores entre la marabunta anónima de parientes, allegados, disolutos y redimidos. Sobre todo se aprecia en estos tiempos de crisis que asolan los bolsillos de estos desheredados de la tierra que no hemos tenido la picardía de meternos en este mundo de la política.

Para ciertas personas, la palabra crisis, es sólo eso, una palabra que se exhibe como causa de los recortes de los sueldos de los funcionarios que para algo están: para funcionar. Y los políticos de ahora, en este aspecto, están “jubilados”. Entiéndase, sólo en el aspecto de funcionar. Estos avatares más que potaje son puro cacao mental, y yo, que soy funcionario (de carrera, y por tanto no homologado) me expongo a que me defuncionen los que no funcionan.

De todos los potajes políticos, el más democrático es el de lentejas, porque, como canta el decir, si las quieres las comes y si no las dejas. Y no pasa absolutamente nada, simplemente abrimos una lata de sardinas, unas papas guisadas y nos gobernamos solos.

 

Lo peor de todo es que te obliguen a comerte y beberte siempre el mismo potaje. Por mucho que tú, el otro y la mayoría de los parroquianos haya pedido una sopita o un buen pescado asado, ahí te vienen siempre a llenarte la olla. Y, la verdad, aunque no quieras, te lo tragas y, entonces, te acuerdas del niño arriba mencionado y de la madre del otro que no quiero mencionar por decoro.

 

Está claro que no me refiero al potaje de lentejas, sino al rey de los potajes con todo tipo de legumbres (menos lentejas), cochino magro a porrillo… y sobre todo batatas (que no boniatos). De vez en cuando vemos flotar algún cabello de ángel entre tanta muchedumbre incomestible, pero fue porque a alguien se le escapó un trozo de pantana, o, como le dicen en Gran Canaria, calabaza boba. Más la cosa se queda en pura visión, como si fuera la luz de Mafasca o el siempre buscado rayo verde.

 

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Los Correillos o en los Tiempos del Hambre

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El Correíllo La Palma, Fotografía de Francisco Gutiérrez por cortesía de Antonio Arroyo Silva

El Correíllo La Palma, Fotografía de Francisco Gutiérrez por cortesía de Antonio Arroyo Silva

 

 

Por Antonio Arroyo Silva

 

Los correíllos baratos donde la niebla y el óxido eran zapatos bajo las suelas del domingo, las que pisaban los mares de marasmos untuosos y campanas al sol de la soledad y el insomnio en el hueso de las maresías, el sextante enquistado a la quilla y la sangre suspensa de tanto detenerse a contemplar su estado. El traqueteo amarillo, el olor salitroso de la mar que, como hembra insaciable, invadía el olfato y el tacto de la eslora con su enorme gineceo de ballena procaz. La locura olfativa de la luz. La primera mujer que esparció su cabello sobre el lomo de un animal terrestre, la primera aspersión que consagró el canto de los delfines a los límpidos farallones del gusto. El movimiento desde el fondo hacia la textura de la carne. Fuimos esponja en movimiento, succionamos la mujer mar del deseo.  Fue ahí donde todo empezó a ser viaje. Ahí donde subimos los tarecos para ir a otra parte sin conciencia de límites ni de definiciones.

Viajaba en correíllos con billete de segunda, el vómito en las literas y cajas de cartón que encerraban los sueños. Los envolvía en cajas hasta llegar a la Ítaca de enfrente con la esperanza de hilar la apetencia de conocimiento lejos de los tapices que la orilla deshilaba. Partir desde la ciudad descolorida donde un viejo noray con maromas y líquenes te tiraba pañuelos de burbuja desvaída. Ciudad agrisada de niños descalzos con los dedos del pie desollados de  no poder ir más allá de las gaviotas por la escala acuciante donde la vida es una jaula cerrada de cinemascope en blanco y negro. Ciudad soñada donde una inmensa nariz fluía de los piquetes que se hacían los niños en sus juegos de guerra. Una costra de olvido cauterizaba heridas, taponaba los ecos manados de aquella Caldereta. Los disparos callados eran muestra de que un llanero solitario salía de las películas de las tres de la tarde de los sábados mustios. La olla del cierzo donde se cocinaba el frío silenciado con mistelas y dulces, con sopitas de miel y violines de gloria desde el ardor de la tribu. Lo cierto fue que mucho tiempo atrás moríamos fusilados o nos enterraban vivos por no callar que el mundo era una naranja girando al compás de los sentidos y que la humanidad era un gajo apenas perceptible en el árbol de la vida; pero seguíamos muriendo aun después cuando de nuevo nacimos con el diablo asomando por nuestro asombro. Así encontrábamos nuestros cráneos rojos bajo los terraplenes que cavábamos para encontrar la voz y echarla al desasosiego y al marasmo  dominantes. Y el cadáver se levantaba a deshojar la primera flor que le llegara al hueso para vestirse de niño. Ese carnaval blanco donde a veces la cal hinchaba las pupilas de las palomas y la harina quedaba en sustratos debajo de la piel con un río de sangre que manaba de noche desde las pituitarias ingenuas.

 

Se dilatan las narices de tanto oler los girasoles, su carne interior es tan tierna como el sexo de las nubes, que al tocarlas el sol, llueven sobre la tierra y debilitan los ríos del cielo.

 

Esa mitología audaz del impúber y aquella que inventaba la madre para trazar un paraíso de acuerdo a la angostura de la cesta del pan y la textura del hambre de horizontes. Esas mentiras pequeñas que trajeron la metáfora al pie de una ventana, donde siempre estuvimos los sordos y donde los ciegos dijeron la realidad adulterada de mirar hasta el cielo cada vez que la gazuza trinaba en el pájaro audaz.

No sé cómo llegamos a esa borda. Desde un fotograma kodakrome o desde el daguerrotipo del abuelo estallando en los ojos. La imbecilidad del vacío. La borrachera de la imbecilidad de tener esperanza y forjarla en los tablones de cubierta para echar hasta el último milímetro cúbico de la indigestión, para que los peces también comieran y nadaran al son de nuestra arcada hacia la estela espumosa que iba dejando el barco, hacia la lejanía de lo próximo. No sé cómo llegamos al vapor de las horas sin salir de la infancia eterna del silencio.