Por Luis León Barreto.
El ser humano está desconcertado en medio de la creación, no para de hacerse preguntas sobre sí mismo, sobre sus percepciones, sus emociones, sus desconciertos. En el nuevo libro de Lucía Rosa González (Páginas trasladadas, Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife) la visión panteísta aparece como base de partida para llegar a una continua y apremiante formulación de enigmas, la isla misteriosa, casi impenetrable, que simboliza la vida humana. Una poesía de relativismos y de cuestionamientos. La vida no siempre transcurre diáfana, con frecuencia se convierte en una casi lacerante búsqueda de la compostura y de la felicidad. En este poemario encontramos cactus, púas, llantos, nieblas, barrancos, mirlos, viento, fuentes. Oscuridad, nublazón, noche. La eternidad de lo creado y la finitud de nosotros, pobres seres de aire que estamos de prestado en este mundo. Si somos criaturas descolgadas del cosmos, condenados a la extinción, nos toca vivir una partida desigual. Tan solo nos puede liberar la memoria de lo que conocemos, el resto es oscuridad. Lo vemos por ejemplo en estos versos: La cueva de los miedos / se abrió en un lateral / del cauce del barranco.


























