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Bibliorock

Don’t try this at home: a year in the life of Dave Navarro

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Bibliorock, Fotografia | 1 Comment
Portada del libro Don’t try this at home, fotografía de Daniel Carpinteyro, manipulación digital Óscar Alarcón

Portada del libro Don’t try this at home, fotografía de Daniel Carpinteyro, manipulación digital Óscar Alarcón

 

Por Daniel Carpinteyro

Hogar, dulce hogar, Dave. Una fortaleza para tu intimidad, muros compuestos de algo diferente a todos los muros de ahí afuera; los de tu casa sangran contigo y forman parte de tu carne, de tu memoria. El día que ellos caigan, algo en ti desplomará para ya nunca levantarse. Nada como tu hogar para guardarte contra el caos del mundo exterior. Universo en sí mismo, “un cosmos en toda la acepción del término”, como dijera Gastón Bachelard, “uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre”.

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Vida de Un Lagarto

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Bibliorock, Fotografia | 1 Comment
Nadie Sale, foto cortesía de Daniel Carpinteyro

Nadie Sale, foto cortesía de Daniel Carpinteyro

Por Daniel Carpinteyro

Imagine usted que se despliega ante sus ojos la siguiente lista de personajes:

  • Un chico que acostumbra sellar con cinta adhesiva la boca de su hermano asmático mientras duerme.
  • Un chico que ayuda a su hermano asmático a conseguir una A de calificación reescribiéndole con elocuencia un ensayo intitulado Integridad moral: Imperativo para nuestra supervivencia.
  • Un manoseador de niñas púberes.
  • Un hombre tierno.
  • Un hombre intoxicado que es bajado del escenario por la policía tras aullar repetidas veces “Mata a tu padre, folla a tu madre”. Sigue leyendo

Diluvio de Metales

Posted on by Átomo Durán. Posted in Bibliorock, Neotraba | 1 Comment
Provocaré Un Diluvio de Arturo J. Flores - Imagen cortesía por Daniel Carpinteyro

Provocaré Un Diluvio de Arturo J. Flores – Imagen cortesía por Daniel Carpinteyro

Por Daniel Carpinteyro

Provocaré un diluvio, de Arturo J. Flores, logró en el suscrito lo que pocos libros: que me rompiera la cabeza alrededor del problema del género literario, ese rollo ya más cuestionado que los documentos del Mar Muerto, más sobado que el bigote de un exégeta. Un debate con visos de trifulca surgió en mi cabecita: que si la unicidad de cada texto es sacrosanta e irreductible. Que cómo crees, que de pensar así caeríamos en un vacío letal para la teoría literaria y ni el Chapulín Colorado podría salvarnos. Que, eso sí, no es tarea fácil acometer el trazo de nomenclaturas y fronteras. Que si la novela es una forma poética. Que si la novela se rebela contra su cuna burguesa. Que si el rock se pasa por los huevos todas estas consideraciones.

Tal vez alguien pensó:

Provocaré un diluvio. Provocaré que los reseñistas y críticos se rompan la cabeza pensando en el género de mi trabajo.¿Será una novela? ¿Un anecdotario? ¿Una colección de crónicas?  Y sí, tal vez los reseñistas se decantarán por “colección de crónicas”. Saldrán con su mamada de que no se percibe una progresión dramática, un ápex hacia el que se orienten los personajes y la diáspora situacional. Que a la mera hora no hay amarre, pues. Pero mi trabajo está bendito por el signo del Metal Pesado y las Mystica Girls.

 Tal vez alguien pensó:

Es una gran historia: Un joven periodista capitalino que acaba de pasar un truene es contratado como mánager por una banda de “cuatro chicas bellas que sabían exprimir lo mejor de sus instrumentos.Ellas tocan covers en laZona Rosa y son la fantasía de cuanto yuppie entra al Yuppie’s,  ¿Qué puede ir mal con esta historia? Es ganadora por default, ¿cierto? Incluso puedo resaltar mi nexo emocional con alguna de las chicas mediante una frase estilo: “Todos esos acólitos de la bajista, creadora y líder indiscutible de Mystica, ni siquiera se imaginan quién es el dueño del corazón de Jane (…) El mandamás del corazón de Jane habita en la puerta de mi refrigerador, sujeto con el imán que compré en mi viaje a Nueva York. En la fotografía aparezco yo…”.  Oh, sí que puedo escribirlo. Eritrocitos concentrados, bitácora presta, a medio camino entre el testimonio y el protagonismo. Conciertos de Iron MaidenPaul Di AnnoOpethMetallica y Ammon Amarth. Un joven periodista capitalino cuyos entrevistados en la revista Gótica se pasean con su revista Gótica por el resto de sus vidas, exhibiendo su entrevista a la menor provocación. Puedo intitular algunos capítulos con frases como ésta:“Donnington”. Cómo es el metal en el primer mundo.

Estas consideraciones pudieron o no haber concurrido durante la escritura de Provocaré un diluvio. Yo no soy adivino ni quiero incurrir en la Falacia Biográfica ni aún a la hora de comentar textos autobiográficos. Tampoco quiero dejarme seducir por la Falacia Intencional y ponerme a especular con los motivos del autor. ¿O acaso ya lo hice?  ¿Por qué ha dejado “Delete” de responder en mi teclado?

Vayamos pues a lo que tenemos en el texto:

¿Treinta y un capítulos o treinta y un crónicas? Va mi apuesta: treinta y un crónicas. Y un epílogo. Cada una con la correspondiente fecha y lugar donde fue escrita: Acolman, Estado de México, 27 de marzo del 2009”. “Leicestershire, Inglaterra, 17 de junio de 2009. Marcador incuestionable de la crónica,  género periodístico por excelenciaCrónica amarilla, para ser más exactos, por el nivel de subjetividad e involucramiento del enunciador.  No sé si necesariamente estemos ante una novela, pero sí ante una sucesión de crónicas escritas entre el 10 de enero y el 8 de septiembre del 2009. Existe una correspondencia no fortuita entre el número de crónicas y los treinta y un años cumplidos del narrador: coherencia simbólica.  Dichas crónicas parecen escritas inmediatamente después de los acontecimientos, así que uno pueda degustarlas frescas, vivitas y coleando. Algunas, hay que decirlo, caen al paladar un poco más crudas que otras, y por “crudas” no me refiero a la crudeza de los hechos, sino a la ocasional falta de prolijidad prosísticaLa chica comenzó a suspirar, y cuando lo miró caminar, simplemente se sintió desfallecer. ¿Pues qué pasó con esos correctores de Tierra Adentro? Otros pasajes no temen al lugar común: Sofía sí ha perdido la conciencia; no sólo tiene esos colmillos de porcelana de vampira, sino que sus hábitos son todos como los de los no-muertos, duerme de día y vive de noche. ¡Pácatelas!

En muchas otras partes urge una buena poda, cuando no un replanteamiento a fondo de las oraciones.

         Ahora que si nos dejamos de remilgos sintácticos y estilísticos y nos volcamos al plano del contenido, no puede negarse que de vez encuando relucen párrafos argumentativos cuyo logro es decoroso: por ejemplo, cuando se discurre sobre los gays en la escena del metal, o sobre el debate entre los términos tribu urbana y cultura periférica, o sobre el machismo imperante en público rockero, o incluso sobre la solidaridad como valor y necesidad en el ámbito del arte underground.  Y eso sí que constituye un buen agregado: la toma de posición ante una serie de fenómenos que permean la escena del rock subterráneo nacional. Eso infunde contenido y sustancia a lo narrado, al grado que se extraña un poco más de esas disquisiciones, viniendo como vienen de un entendido en la materia. De pronto uno se descubre preguntándose:

¿La escena subterránea lo es por elección propia o por marginación? Las Mystica Girls desean tocar en elVive Latino y hasta en el Wacken Open Air, al igual que la mayoría de las bandas subterráneas. Entonces, ¿Existe una doble moral en asumir el undergound como un credo? ¿Pueden los creadores asumir el undergound como una etiqueta de paso en lo que se llega al estrellato?  ¿Es el underground aquello que no podemos en ver en Pendejit o en MTV? ¿Vale considerar en los mismos términos el “undergound de salida” –propuestas ya desfasadas, hiper regurgitadas, superadas- que el “undergound de entrada” –eso que ni nombre tiene aún,  cuyos vislumbres en los márgenes están en el proceso de ganar definición, pero que ha conseguido con su novedad buenas probabilidades de desplazamiento hacia el centro? Pero bueno ¿qué no para eso sirven las segundas ediciones?

Tal vez alguien pensó:

Provocaré que mis lectores consideren el Metal un problema conocimiento. ¡Edúquense cabrones!

O tal vez después de todo nos encontramos ante una hagiografía, el registro de vidas santas, ese género olvidado en la bruma de los tiempos, esa cátedra de caracterización de personajes, sólidos e imponentes como catedrales discursivasCuatro mujeres que han abrazado el heavy metal como oficio y senda, propagando su evangelio musical lo mismo en bares de caché chilangos que en poblaciones minúsculas donde nunca se ha tocado en vivo rock pesado. Santas que se convierten en seres tiernísimos cuando van a las tocadas de sus novios. Santas que defienden la dignidad de su agresiva música, afirmando:

El metal no es un enchílame ésta.

Y en esa dimensión, nos encontramos ante personajes conmovedores a quienes un mayor dibujo caracterológico hubiera conferido memorabilidad. Pero, como indican los cánones de la nemotecnia, lo memorable debe, por principio, diferenciarse de lo corriente.

 Sírvase, apreciable lector, revisar este trabajo de Arturo J. Flores y sea tan amable de aclararme si me hice más bolas de las necesarias.

 Párrafo áureo:

La corbata es una espada de tela. Sólo por traerla la gente se atemoriza y le abre el paso a los trajeados. Los creen gente decente y bienhechora. Y algunos sólo son una partida de imbéciles. Migraña, que todos los años viaja al festival alemán de Wacken, tiene el plan de realizar un concurso para que una agrupación mexicana pueda presentarse en aquel escenario. Y no necesita corbata para organizarlo, sino todo lo contrario.

Pregunta del reseñista: ¿Qué es “todo lo contrario” de una corbata?

Arturo J. Flores: Provocaré un diluvio. Fondo Editorial Tierra Adentro. México, 2011

Black Metal: Sinfonia del Caos

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Bibliorock, Neotraba | 4 Comments
Portada de Lords of Chaos, imagen cortesía de Feral House

Portada de Lords of Chaos, imagen cortesía de Feral House

Por Daniel Carpinteyro

Recién desperté de un sueño  peculiar: dos voces a la derecha de Theodor Adorno decretan a rajatabla: “Dirán misa, pero el diablo tiene la mejor música”. Adorno levanta una ceja, sin poder creer lo que oye. A su izquierda, en medio de una niebla hippie, Joan Baez rasga su guitarra y canta sobre los horrores de la guerra. Con su buena fe puesta en que “está generando conciencia”, busca aprobación en la mirada de Adorno.  Pero él le dice que no mame. Que si no ha entendido nada. Que la protesta política no debe ser comercio de la música de entretenimiento, ni ligarse al consumo ni a la diversión. Que los horrores de Vietnam no deben capitalizarse en un valor agregado para escalar el Billboard. Dos hombres de negro a la derecha de Adorno declaran: “Disentimos”. Disiente Varg Vikernes, asesino, incendiario y fascista declarado. Disiente Aarseth Oystein “Euronymous”, quien fotografió  en el piso los sesos de un amigo para la portada de un disco. “Disentimos, Adorno, porque te vemos chavo. Ustedes, los marxistas siguen en el fondo atollados en los mismos imperativos morales judeocristianos. Condenan como unos mojigatos el impulso absolutamente universal de subyugar y destruir al prójimo. Dicen que por eso abominan la mercantilización. Pero tus libros, Adorno, también se venden. Tus ideas también funcionan como un valor agregado en el mercado de la Academia. Tus afirmaciones legitiman toda suerte de hipótesis, que se convierten en tesis y consiguen títulos que a su vez consiguen más plata a sus ostentadores. Pero nuestros discos se venden mejor que todas las telarañas de la Escuela de Frankfurt. Lo nuestro no son abstracciones. Nuestros llamados pusieron patas arriba a Noruega durante media década y decenas de edificios centenarios se consumieron hasta sus fundamentos. Los jóvenes de nuestra nación empezaron a interesarse por su historia antigua. Estás completa y absolutamente chavo, profe”. Un disparo calibre 57 y los sesos de Adorno salpicaban el rostro horrorizado de Joan Baez. Desperté y supe que no había sido buena idea ingerir tanta mortadela.

Hace algunas semanas, gracias al desplante del asesino en masa Anders Breivik, la chaqueta mental de una Europa del Norte ejemplar y tolerante se le cayó a un montón de personas que de esas latitudes sólo saben que son muy frías y que sus habitantes se leen cincuenta y tantos libros por año. Personas que no han leído los intimidantes letreros que están apareciendo en algunos pueblos de Bélgica. Personas que en los noventa no tuvieron oportunidad de ceder al embrujo el Black Metal ni documentarse con sus épicos escándalos. Escandinavia no resulta tan inofensivo como proclaman los buscadores de utopías.

A estos idealistas les caería bien chutarse Lords of Chaos: The Bloody Rise of the Satanic Metal Undergound (Amos del Caos: El Sangriento Levantamiento de la Contracultura del Black Metal), una joya bibliorockera publicada en 1998 por Feral House. Sus casi cuatrocientas páginas revelan una investigación hercúlea y sistemática sobre uno de los capítulos más infames de la historia del rock y sus orígenes más remotos.

El libro se remonta hasta Robert Jones, un pobre cosechador afroamericano que consigue vender su alma al diablo en un crucero del delta del Missisipi. A partir de ahí, se convierte en un prodigio del blues que no duda en mencionar a su “padrino” en varias de sus composiciones como “el Blues de la encrucijada” o “el Blues de mí y del Diablo”. Muere en 1938, a los 27 años. Algunas décadas después los Rolling Stones se declaran influidos por Jones y adoptarán para sus álbumes nombres tan escandalosos como “Sus Satánicas Majestades”, o “Déjalo Sangrar”. Más adelante, Led Zeppelin hará lo suyo, con sus constantes alusiones al ocultismo de Aleister Crowley y la simbología esotérica de sus portadas. Desde Birmingham surge Black Sabbath, una banda de muchachos que portaban las cruces que sus abuelas habían regalado para repeler las malas vibras.  Black Sabbath tenía en realidad  un interés epidérmico en ese esoterismo que incorporaban a su imagen como estrategia de marketing.  De Sabbath sólo habría un paso a las representaciones escénicas de sacrificios rituales representados por Black Widow, y las referencias de Witchcraft Coven a la magia negra. Por esa misma época, a principios de los setenta, Anthony Szador La Vey, fundador de la autodenominada “Primera Iglesia de Satán” y autor de “La Biblia Negra”, publica un vinilo que contiene en el lado A, la grabación de una misa negra, y en el lado B,  varias declaraciones con música wagneriana de fondo.

Pero a finales de los setenta, algo sucede: un grupo de chicos de Newcastle dedican sus días a beber y a ensayar en sus instrumentos piezas de Deep Purple, Motorhead y Black Sabbath.  Ajustan sus distorsionadores y llevan a otro nivel toda esa pesadez electrometálica, imprimiéndole una mayor velocidad propia del punk más hardcorero. Conrad Lant, Jeff Dunn y Tony Bray adoptan los nombres de guerra Cronos, Mantas y Abbadon. Sus letras exploran los matices de la blasfemia con un arrojo y detenimiento nunca antes visto.

“Bebemos el vómito del sacerdote

Fornicamos con la prostituta agonizante.

Chupamos la sangre de la bestia.

Y guardamos la llave a la puerta de la muerte”.

Editan discos tan controversiales como Welcome to hell (1981), Black Metal (1982) y At war with Satan (1983), que habrían de marcar la pauta para muchas de las bandas blackmetaleras por venir. Sin embargo, no había una verdadera filosofía detrás de los referentes satánicos de Venom, plegados como estaban a la notoriedad y el escándalo.

También a inicios de los años 80, se consolida en Dinamarca la banda Mercyful Fate, con King Diamond al frente, poseedor de una extraña voz operística y falsete distintivo que repele o cautiva. Plantea álbumes refinadamente conceptuales, mediante historias en las que cada canción se resuelve en una especie de capítulo. Su narrativa profundiza en temas como la brujería, la doble moral cristiana y los pactos satánicos.

Sin embargo, la banda que empujaría los límites ideológicos del metal serían los suecos Bathory, que nombraron a su banda en honor a la Condesa Sangrienta que en el siglo XVIII diera muerte a cientos de jovencitas bajo su servicio o jurisdicción.  Bajo los seudónimos de Quorthon, Vans McBurger y Friedrick Hanoi,  graban sus tres primeros discos con recursos muy limitados, creando atmósferas de distorsión más enfermizas que las de Venom, ralentizándose y puliéndose a cada nuevo álbum. Muy embebidos por aquella época en el cine y la literatura de horror, su lírica da vueltas alrededor de lo invisible, Satán, la necesidad de destruir y  la emancipación respecto al yugo moral judeocristiano. A mediados de los ochenta, Quorthon estudia apasionadamente sobre los dioses nórdicos precristianos –conjunto mítico denominado bajo el nombre del Asatrú- y  sus siguientes discos formarán una trilogía que honrará a dichas deidades. Las portadas ya no despliegan pentagramas sino antiguas escenas de la tradición vikinga. La composición clásica europea entra en juego. Wagner es señalado dentro de los créditos. La épica mitológica se convierte en el nuevo eje de la rebelión anticristiana planteada por Bathory. Incluso graban una pieza, “Under the runes”, que recuerda en su mística a los cánticos entonados por la SS durante la Segunda Guerra Mundial. La ideología política de ultraderecha empieza a hacerse manifiesta.

Un poco después, nuevos grupos empiezan a surgir en Noruega, donde el radicalismo ideológico del black metal tendrá sus consecuencias más graves. Se abre en Oslo una tienda especializada de discos llamada Helvete (“infierno”), que se convertirá en un punto de contacto para muchos de los futuros protagonistas del black metal. La vestimenta de dicha contracultura empieza a llamar la atención de la policía y de la prensa sensacionalista. Surgen grupos como Emperor, Darktrhrone, Immortal y Mayhem. Estos últimos traban relación con un joven llamado Kristian Vikernes, quien cambia legalmente su nombre a Varg Vikernes (Varg significa “lobo”), y después de quemar un par de iglesias y tocar en algunos grupos emprende una proyecto solista llamado Burzum, nombre que en la lengua de Tolkien significa “oscuridad”. 

¿Qué decir del archiconocido escándalo que protagonizaron estos dos proyectos? Mayhem contrata como vocalista a un sujeto que se hace llamar Dead, esquizoide obsesionado con la oscuridad y la muerte. Por sus proezas autodestructivas en el escenario, Dead se corona con un hálito cuasidivino.  En 1991, en una casa en las afueras de Oslo, Euronymous, líder fundador de Mayhem, se lo encuentra con las muñecas desgarradas y un tiro de escopeta en la cabeza. Los sesos están regados en el piso y aparece una notita final dice: “Perdón por toda la sangre”. Euronymous va a Oslo por una cámara, regresa a tomar fotografías  y después devora partes del cerebro. La escena se convierte en la portada de Dawn of the Black Hearts. El escándalo mediático alcanza proporciones inusitadas. Varg Vikernes se une a Mayhem poco después. Una fría noche de 1993, una discusión entre Vikernes y Euronymous degenera en una pelea en la que el segundo termina asesinado mediante 23 puñaladas asestadas en la espalda, cuello y cabeza. Vikernes es llevado a juicio y demuestra una actitud cínica y despótica, sonriendo con altanería a cuanta cámara se le ponga cerca. Se le condena a 16 años de cárcel, dentro de la cual sigue grabando discos con los recursos que tiene a la mano. Evoluciona hacia un sonido profundamente ambiental e introspectivo. Tanto él, como los integrantes de Mayhem se afirmarán en una ideología supremacista que pondera la xenofobia, la heteronormatividad y la pureza étnica.

Mientras tanto, la arquitectura religiosa gótica de inspiración vikinga vivirá un periodo funesto. Muchas iglesias de madera arderán durante la primera mitad de los años noventa, en un furor anticristiano sin precedentes. Se revelan los planes para matar a políticos progresistas y líderes religiosos en Noruega. Y todos estos elementos estarán directa o indirectamente incentivados por los líderes más prominentes de la escena del Black Metal noruego.

¿Sabía usted, lector, que hace poco tiempo Noruega reclamó el Black Metal como patrimonio cultural de la nación? Bueno, si usted está pensando en hacerse embajador o diplomático para el gobierno de dicho país; o si al menos quiere algunos buenos argumentos para esgrimir luego de los conciertos que Immortal y Satyricon ofrecerán por separado durante octubre allá en la Ciudad México; no lo piense más y descárguese de Soul Seek este controversial esfuerzo periodístico realizado por Michael Moynihan y Didrik Søderlind. El diablo, grandísimo bribón, siempre se agandalla la mejor música.

Párrafo áureo:

“El Rock and Roll ha sido un adversario veterano para muchos de los estamentos básicos  de la Cristiandad, pero el Heavy Metal subterráneo condujo esto a los últimos extremos.  Ya no se trataba de que la Cristiandad fuera lentamente erosionada a través de sostenidas incursiones de creciente inmoralidad, sino que debería arrancarse de raíz e incinerarse hasta su último aliento. El Black Metal iba a proveer una infantería lista para arrojarse de cabeza a la batalla, antorchas en mano preparadas para hacer arder las catedrales e iglesias de Europa”.

Moynihan, M. y Søderlind, D:  Lords of Chaos: The Bloody Rise of the Satanic Metal Undergound.  Feral House. Los Angeles, Cal, 1998

Daniel Carpinteyro también habita en: www.ocioydiaspora.wordpress.com

Paradoxia

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Bibliorock, Neotraba | 3 Comments
Portada del libro "Paradoxia" de Lydia Lunch, imagen cortesía de Daniel Carpinteyro

Portada del libro "Paradoxia" de Lydia Lunch, imagen cortesía de Daniel Carpinteyro

Sobre la depredación como hábito de aprendizaje

Por Daniel Carpinteyro

Si usted ha tenido alguna vez ocasión de escuchar la voz de Lydia Lunch en piezas como “Orphans” o “Burning Rubber”, se preguntará cómo es que esas cuerdas vocales lograron soportar tales abusos sin decidirse a reventar.  Gritos estridentes y nasales, retumbando entre unas pocas octavas, encerrados en el mínimo rango vocal de una voz de cabeza. Ese sonsonete obsesivo,  a medio camino entre el canto y la recitación, tan propios del spoken word o palabra hablada es moneda corriente en cantantes como Lydia Lunch, Anne Clark, Henry Rollins y G.G. Allin. Pero entre todos ellos, es Lydia Lunch quien se retuerce con mayor soltura en las posibilidades melódicas del chillido, detrás del cual  se afirma, sin embargo, una actitud masculina en el sentido más despiadado. Con un ritmo acelerado mediante el uso predominante de frases cortas y precisas,  esta violenta voz es quien narrará esta lúgubre autobiografía intitulada Paradoxia: Diario de una depredadora.

Rochester, Nueva York, 1959: Una noche de sábado, en el asiento trasero de un Chevy de medio uso, Lenny, un estafador ebrio, se folla a  Lucy, una chica muy menor que él, quien se estremece entre llantos y bofetones.  El producto de esta escena se llamará Lydia Anne Koch.  Sufrirá constantes manoseos y asaltos sexuales por parte de su padre. A los trece años habrá estrellado un Mustang. A los trece años, para deshacerse de la sensación de las manos grasientas de su padre,  se habrá follado a la mitad de su colonia: Los dos hermanos que vivían cruzando la calle. Su primo. El ex Marine de la esquina. El viejo de la tienda de discos.  El inspector de salida del mercado local. El repartidor de pizzas. Su hermano mayor. Un par de sus amigos. La mitad de los hombres que había conocido pidiendo aventón. El vendedor de mota.

 Central de autobuses Port Authority, ciudad de Nueva York, 1975: Lydia baja el último peldaño del Greyhound. Huele a sudor y a orines. Tiene 82 dólares en la bolsa y el teléfono de la prima de un amigo. Sunny era una hippie de mediana edad de Woodstock. Vendía mota para pagar la renta. Le da hospedaje por tres días. Desde la primera noche se va a conocer “Mothers”, un club frecuentado por estrellas de rock, homosexuales y travestidos.

Se mueve de hotel en comuna, de sillón en cartón. Conoce toda índole de drogadictos, médicos vendedores de recetas para medicina controlada, estafadores, prostitutas, y artistas. Se deja chupar y manosear los pezones en concursos públicos de tetas. Se desmaya en callejones infestados de roedores. Se desgañita en el psiquiátrico de Bellevue mientras es sometida a criocirugía. Escapa.  Embriaga y desvalija hombres. Se hace mantener por un asesino, quien la respeta por ser una chica prudente, nada engolosinada con tanta maldita pregunta.

Aprende a diseccionar en capas la catarsis verborreica de los borrachos. Desarrolla un agudo cálculo prospectivo mientras los escucha,  monta o chupa.  Dilerea cápsulas de oxicodona y metacualona. Asiste a conciertos de rock en el “CGBT”, sentidos embotados por los barbitúricos, hipnóticos y  relajantes musculares combinados con el alcohol. Se salta comidas. Se perfecciona en el arte del fraude. De vez en cuando se muestra magnánima ante otros estafadores de mayor edad e impericia que ella. Aunque nunca ha leído una página de Hume, parece intuir que no existe identidad alguna que anteceda a la experiencia. Poseída por la codicia del botín empírico,  su memoria graba todo lo que ve, todo lo que siente mientras está viendo y experimentando. Se inyecta directo a la yugular todo lo que logra recabar de ese maremágnum de discursos alternativos y experimentales que pululan en  Nueva York.  No se le escapa una sola escena, un gesto, un ruido del ventilador, una partícula contaminada en las líneas blancas sobre el espejo.  Meserea. Vive en una comuna artística donde se gana fama como ladrona de almuerzos. Es apodada Lydia Lunch, mote que se convertirá en su nombre de batalla una vez que se encumbre en la escena de la música No Wave y del Cine de Transgresión.

“Paradoxia” es un término que implica la erupción del deseo sexual en un momento inapropiado de la vida. Esto se afirma en un tratado llamado “Psicopatía del Sexo”, publicado en 1886 por el alemán Richard Von Kraft-Ebbing, quien sería contradicho por el austriaco Sigmund Freud en 1905 en sus “Tres ensayos para una teoría sexual”, donde afirma que es un error creer que el instinto sexual aparece hasta el período de la pubertad. En efecto, hoy cualquiera puede consultar videos por ultrasonido donde el feto se ve claramente masturbándose. Sin embargo, la palabra “Paradoxia” parece sugerir en el título de la autobiografía un surgimiento precoz del deseo sexual, ligado al abuso paterno,  como detonador de una sexualidad descontrolada y voraz que fagocitaba todo cuanto se posaba en su camino. Vale la pena repetir que esta fría e impersonal voracidad la asocia Lydia al elemento masculino, y ella se convierte en su propio depredador para no ser depredada, lo cual, además, introduce en la ecuación una extrañísima paradoja digna de un estudio filosófico, un estudio psicológico y un estudio de género enfocado al tema de las masculinidades.

El libro se mueve en un ágil  flujo narrativo, dosificando las digresiones con pulso más que aceptable. Sin embargo, a cierta altura, el desglose de los encuentros sexuales pierde su efectividad y empieza a sonar reiterativo. Es el síndrome de la mayoría de las canciones de “Teenage Jesus and The Circle Jerks”, en las que difícilmente nos descubrimos cruzando umbrales de intensidad, sino que asistimos a un minimalismo de intensidades, cuando mucho binarias, contrapuestas en un sencillo plano aleatorio. Al igual que en los primeros relatos de Hunter S. Thompson, lo extensivo se encuentra en un profundo desequilibrio con lo intensivo, y los hechos relatados parecen más “puestos ahí” que “puestos en torno a algo” más allá del simple orden cronológico.  Aún así, Lydia sintetiza sus aprendizajes con la siguiente reflexión:

 

Me percaté de cuánta energía había despilfarrado en los demás. En los hombres. Hombres que nunca hubieran entendido que yo siempre habría querido más de lo que ellos eran capaces de darme.

Este pasaje se erige como un lógico y natural razonamiento a partir de ese cúmulo de aprendizajes experienciales,  que seguramente multiplicará el archivo empírico de la mayoría de sus lectores.

El libro incluye una introducción por el novelista Jerry Stahl (autor de Permanent Midnight, otra  biografía de sobreviviente llevada al cine con Ben Stiller en el protagónico) y un epílogo por Thurston Moore, ese  otro notable de la contracultura neoyorquina al frente de Sonic Youth.  Para darnos una idea del tono de nuestra escritora, justo antes del arranque de la biografía se lee la siguiente aclaración: “Ningún nombre ha sido cambiado para proteger a los inocentes. Todos son pinches culpables”.

Ponga usted, lector, en el estéreo, el disco recopilatorio No New York, y sumérjase sin ningún tipo de vacuna en el universo de esta destructora de hombres. Caminar entre las llamas siempre resulta vivificante para los sentidos. Tome sus notas, porque acechan mujeres de tal naturaleza, en la primera esquina,  esperando por usted con los colmillos afilados, así como también hay, en mayor medida, hombres esperando cualquier oportunidad para destruir mujeres. Uno de los atributos de la raza humana, inscrita en los reinos animales, es destruir al prójimo, en aras del festín o del recreo. Esta es la enseñanza de los grandes misántropos, tales como Thomas Berhard, Émile Ciorán, o Lydia Lunch.

Párrafo áureo:

Manipulación elevada a un Arte. Montarla en un escenario. Enfrente de una audiencia que, como los tipejos, pagaran por hora, por media hora o, en este caso, cada diez minutos. En vez de placer, venderles dolor. Mi dolor. Su propio dolor. Regurgitado y escupido de vuelta. Una plataforma pública para sicoterapia. Hazlos pagar por sentirse torturados. Asaltados. Abusados.

 

Lydia Lunch: PARADOXIA, A PREDATORS DIARY. Akashic Books, 2007. Nueva York, E.U.

Daniel Carpinteyro también habita en: www.ocioydiaspora.wordpress.com

1. El Siglo del Anticristo: Una Historia Secreta

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Lipstick Traces de Greil Marcus, imagen tomada de http://libroskalish.wordpress.com/2010/09/15/lipstick-traces-a-secret-history-of-the-twentieth-century-greil-marcus-version-original-en-ingles/

Lipstick Traces de Greil Marcus, imagen tomada de http://libroskalish.wordpress.com/2010/09/15/lipstick-traces-a-secret-history-of-the-twentieth-century-greil-marcus-version-original-en-ingles/

 

 

 

Por Daniel Carpinteyro

 

El siglo XX se resuelve en una incontinente diáspora historiográfica. La literatura, la filosofía y las religiones y los Grandes Mármoles pierden el derecho de exclusividad con los discípulos de Herodoto, y nuevas marcialidades historiográficas emergen, a través de fisuras infligidas a la vieja Historia por Fernand Braudel. Así nos topamos con la Historia de la estupidez humana, la Historia de las orgías, la Historia de la Sexualidad, Historia del Juego, la Historia de los Infiernos, la Historia de la ratas, la Historia secreta de las ideas que preconizaron la síntesis  estética del XX en Anarchy in the U.K Y no, no estamos bromeando en este último.

 

El opus magnum de Greil Marcus, Lipstick Traces: A secret History of the Twentieth Century (traducida en Anagrama como Rastros de Carmín, asequible en México a un precio que duplica el precio en que la obra original se consigue en la Unión Americana) se ha convertido en un feroz dispositivo de provocación artística. A propósito de él, se ha recopilado un soundtrack, se han montado representaciones escénicas y se han escrito infinidad artículos en las computadoras de insurrectos más identificados con Max Stirner y David Henry Thoreau que con el Gran Cenizo, Auguste Comte.

 

El libro, que boya entre la historiografía heterodoxa y los estudios culturales, analiza diferentes vertientes de la producción artística del siglo pasado. Desde las pintas y los afiches callejeros que se posesionaron de los muros de París, Berlín, Praga y Londres en 1968 hasta iconografías discográficas creadas ex profeso para provocar a la censura, a modo de estrategia publicitaria (el libro rebosa láminas inauditas); desde la rebeldía situacionista hasta las poses de niños malcriados en los escenarios de la BBC;  del portentoso saxofón de Lora Logic al desabrido bajo de Sid Vicious; de las implacables disecciones de la convención social planteadas por Walter Benjamin hasta el escepticismo de Theodor Adorno respecto potencial de concientización política que se atribuye a ciertas propuestas pop. Todo está aquí, condensado en una investigación monumental sobre cómo los significados heterodoxos fueron planteados en las calles y en las academias revolucionarias, para terminar descafeinados y esterilizado al traducir esos mensajes, a través de la cultura mediática,  en gritos de rebeldía estridentes, pero baladíes, provocadores pero comercializables. Este libro es una Historia de la glamourización del discurso radical, o de cómo la subversión terminó convertida en un mero plus mercadológico.

 

Arsenal obligatorio para discusiones contra mohawks vendedores de florecillas de acrílico, culturalistas pop,  fundadores de club de fans y creyentes en el rock con causa. Este libro es un venturoso, orgiástico recordatorio, de que el rock, ante todo, es una prostituta. La Gran Prostituta. La Bruja Ubicua de Visión Eléctrica.

 

Frase áurea: El nihilismo significa cerrar el mundo alrededor de su impulso de auto consumición; la negación es el acto que haría autoevidenciable ante todos que el mundo no es lo que parece –sino cuando el acto es tan implícitamente completo, que deja abierta la posibilidad de que el mundo sea nada, que tanto el nihilismo como la creación podrían tomar posesión  del área súbitamente desocupada.

 

 

Marcus, Greil: Lipstick Traces: A secret History of the Twentieth Century. Harvard University Press, Estados Unidos, 2008.

 

Daniel Carpinteyro también habita en: www.ocioydiaspora.wordpress.com