BItácora de Moby Dick en las Canteras Beach, por Rosario Valcárcel

Moby Dick. Imagen tomada de avidly.org

Moby Dick. Imagen tomada de avidly.org

 

Por Antonio Arroyo Silva.

Según el mito mapuche del Trempulcahue, cuatro ballenas  llevan en sus lomos el alma de los muertos, en su último viaje, a Mocha, una isla situada en la costa de Chile frente al límite de la Región de Bio Bio y la Región de Araucanía. De entre las brumas de la leyendo y la realidad surge la historia del cachalote albino Mocha Dick, que Herman Melville recogió en su célebre novela  con el nombre de Moby Dick.

La obra está basada en dos acontecimientos reales. En primer lugar, el de un cachalote albino que en el siglo XIX merodeaba la isla antes mencionada, llamado globalmente Mocha Dick y que la cosmogonía mapuche vistió como un hecho más de la leyenda aludida al principio de este escrito. En segundo lugar, la epopeya que padeció el ballenero Essex, de Nantucket, Massachusetts, cuando fue atacado por dicho cachalote. Tras ser hundidos por éste, vagaron por el Océano Pacífico hasta la Isla Henderson en donde padecieron hambre y sed, llegando al canibalismo. 91 días después fueron rescatados y desembarcados en Valparaíso (Chile). Dos de los ocho supervivientes relataron el suceso, del que Melville tuvo sobrado conocimiento. Moby-Dick, indudablemente, está también basada en las experiencias personales de Melville como marinero.

Posteriormente, la novela fue llevada al cine en varias ocasiones:

En 1926 se realizó una película muda, The Sea Beast (La bestia del mar), protagonizada por John Barrymore.

En 1930 se filmó otra versión con el mismo título y con Barrymore nuevamente.

En 1956 se filmó Moby Dick, de John Huston, con Gregory Peck en el papel del capitán Ahab, con un guion del escritor estadounidense Ray Bradbury.

En el West End de Nueva York se representó el musical Moby Dick, basado en una producción escolar de la novela.

En 1998 se realizó una película para televisión protagonizada por Patrick Stewart.

Ya en el presente siglo, el cineasta francés Philippe Ramos hizo una adaptación personal de la novela en un corto (2003) y una película (2007), llamada Capitaine Achab (El capitán Ahab). El film es un drama que cuenta la historia del protagonista en varios capítulos narrados por personajes que lo conocieron, hasta concluir con su encuentro con la ballena.

En 2012, la escritora Rosario Valcárcel publica la novela Moby Dick en Las Canteras Beach, que trata sobre la filmación de las escenas finales de la película de John Huston en Las Palmas de Gran Canaria y el recuerdo de la lectura de la novela de Melville de una joven narradora llamada María Teresa, que supuestamente procede de la memoria autobiográfica de la autora, “aunque no siempre”—manifiesta la misma Rosario. Razón que también sugiere uno de los epígrafes que abre su novela, tomado de Trilogía de Nueva York, de Paul Auster: «La memoria es una gran bendición. La mejor después de la muerte». La muerte como página en blanco, la memoria es la tinta y la creación, la mer, la mer, toujour reconmencêe, que diría Paul Valêry.

Decía en mi artículo sobre La Peña de la Vieja, recientemente editado en mi libro La palabra devagar (Idea-Aguere, 2012), que «después de tanto tiempo, en el corpus del texto se produce un alejamiento entre narradora y persona que vivió y aún transita las calles del territorio de su infancia desde su madurez. Se ha roto el “pacto”, el hilo umbilical se quebró y alguien se aleja a su nueva habitación a sentir en lo más íntimo de su ser. Es como si la narradora ya no se reconociera en esa persona que late fuera del texto, esa persona adulta y plena que ya conoce las respuestas a muchas preguntas sin resolver entonces, y, sin embargo, llega a su niñez con el espejo de su escritura». En esta nueva entrega, Moby Dick en Las Canteras Beach, Rosario Valcárcel sigue en este laberinto de recuperación de la memoria a través de ese recurso de guiños o trasvases entre la autora y la protagonista supuesta arter-ego. Entre la inocencia y la realidad escondida bajo un telón, entre la realidad y el deseo (el sensual y el escritural, que aquí se hacen uno).  Rosario, partiendo de los pasos dados en la obra aludida, en lo que a temas—digamos autobiográficos—se refiere, junto a una renovada soltura y elegancia narrativas, añade el bagaje que la trilogía  erótica (Del Amor y las Pasiones, El Séptimo Cielo y Sexo, Corazón y Vida)  y el poemario Las Máscaras de Afrodita, le han proporcionado, sobre todo en cuanto a la huida de los estereotipos y moldes y la captura de todos los sentidos a la hora de expresarse, sin ningún tipo de prejuicios, pero con eficacia y precisión.  Y llega a una propuesta muy genuina y creativa. Vean mi llamada simbiosis entre La Peña de la Vieja de Rosario Valcárcel y su literatura erótica:

«Pero de pronto me entraron unas ganas tremendas de acercarme a los visitantes, soy demasiado nerviosa para estarme quieta en un sitio, además aquello era algo nuevo, diferente.» [p. 17]

No en vano nuestra autora sigue utilizando el estilo autobiográfico. Apreciamos una narradora-protagonista que ha crecido dentro de su tempus narrativo [bajo otro nombre, pero qué más da…] y que ahora se mueve entre esa inocencia casi ya perdida y el sentido sensual que le provoca “lo prohibido” por los cánones morales vigentes de la época franquista de los años 50 y 60 del siglo pasado.

A esto se une la pasión por el cine que ya se aprecia desde La Peña de la Vieja y en su obra posterior, por ejemplo, en su libro de relatos El Séptimo Cielo:

«Un día me confesó que se sentía seducida cuando el noble Judah Ben Hur apretaba sus dientes desnudos cuando abrazaba a su amada…»

“El Séptimo Cielo” Editorial Anroart 2007.

Cosas que ni las tijeras de la censura franquista ni los discursos condenatorios de los comités de “buena conducta” de las secciones femeninas, ni los atrios de los curas de antes del Vaticano II  pudieron recortar: las hormonas de las adolescentes. Todo lo más que lograron fue que éstas identificaran el fuego del infierno a que aludían con el fuego de esa pasión que empezaba a manifestarse. Pero esto fue casi un incentivo: los caminos de la mente humana son inextricables y, a veces, senderos que se bifurcan. Y las sesiones de matiné hicieron mucho en este sentido. Ya que la liberación de los deseos era impensable para una joven de esos tiempos, el cine jugó un papel muy importante en lo que a imaginación se refiere (algo que ni las mayores dictaduras pueden recortar ni mermar en una mente que se está formando en su singularidad femenina frente al anquilosamiento del sistema impuesto). De esta manera, aquellos héroes bíblicos, trasuntos de los clásicos, pero edulcorados por la moral establecida, se transforman en personajes de películas interpretadas por seres de celuloide, pero más de carne y hueso. Y de hecho, ya no importaban las acciones que éstos interpretaban, sino la buena presencia, la hermosura física, sus gestos y todo ese feeling. La vamp del cine expresionista alemán, que tanto éxito tuvo en Hollywood y el adonis procedente de los héroes clásicos, entre un bien manifiesto y un mal que queda en el misterio. Ese toque maligno, a fin de cuentas, no-tan-malo, sino sensual, atractivo, atrayente:

«La verdad es que  todas las chicas de mi edad tenían una gran curiosidad por conocer a Greg, sus secretos, sus proyectos y cómo era su vida en familia» [p.117]

Y aquí cabe resaltar el efecto que Moby Dick en Las Canteras Beach produce, que no se queda en el simple testimonio sino que llega a las generaciones actuales, no únicamente por su manera tan especial de ahondar en el pensamiento de la mujer adolescente, sino porque también profundiza en sus ansias más íntimas y eternas. La eternidad del cuerpo en ebullición, el cuerpo vivo, vibrante se queda en la expresión, de la misma manera que en la piel, pulsátil.

En este sentido, Rosario Valcárcel encuentra—aporta— un nuevo valor que va más allá del profundo simbolismo que supone la obra de Melville entre la alegoría y la épica, todo teñido de temas que van desde la religión al pragmatismo sin dejar intersticios. En este Moby Dick de Rosario está el hecho de que el director John Huston decidiera venir a Las Palmas de Gran Canaria a rodar las últimas escenas de la película homónima. Una historia sobre otra historia que a su vez está entre lo legendario y lo real. Paralelamente y quizás de forma tangencial, una intrahistoria en un lugar de nuestras Islas Canarias, tan alejadas, incluso más, como la misma metrópolis inmersas en su impuesto reclinatorio. Fuera de órbita, de la velocidad del mundo.

«Todos en el Puerto aprendimos la famosa frase: Do you Speak  English?« [p. 99]

Así, en María Teresa, la narradora-protagonista, confluyen dos puntos de vista: la de su lectura de la novela de Melville manifiesto no sólo en las citas sino, como contrapunto y a veces hilo conductor, dentro de la narración de Moby Dick en Las Canteras Beach (quizás en el futuro la película misma que dirigió Huston); y, en segundo lugar, uno de los principales motores de la novela: la presencia física del protagonista de la película: Gregory Peck.  Además toda la parafernalia de Hollywwood, claro está. Ver  ante sí al héroe del celuloide como un ser de carne y hueso; y, al mismo tiempo, verlo interpretar a un personaje de su novela favorita. Y en eastmancolor.

Si el ballenero Pequod es una representación de la Humanidad, pues ahí hay personajes tan variados como de Chile, Francia, Islandia, Holanda, Italia, Malta, China, Dinamarca, Portugal, India, Inglaterra, España e Irlanda, ahora se sumaba nuestro pequeño Archipiélago como parte de las escenas finales de la película. Y esa es otra de las vertientes de la novela de Rosario Valcárcel: la recuperación ya no sólo de una memoria de la adolescencia, sino la de un evento tan importante como éste, donde todo se vuelve súbitamente en color, delante de ese fondo gris reinante hasta entonces. Recuperación de unas huellas a través de la narración de esos momentos compartidos con actores y directores como Gregory Peck y John Huston capaces de detener el mundo con un pestañeo interpretativo, o un espacio en blanco en la filmación; pero, en ese instante, como seres reales con sus limitaciones y sus grandezas, que los hacían más fascinantes. Tangibles. Y a todo color, con estrellas y estrellitas incluidas.

Otro aspecto de la novela que hay que destacar es el del espacio narrativo y el de la ambientación. Digamos que es un asunto clave para la consecución de lo verosímil, y todavía más existiendo los planos narrativos, cinematográficos e intertextuales, que sirven de contrapunto. Los paisajes, lugares y ambientes retratados en este texto siguiendo—me atrevería a añadir—una técnica de film, son los exactos de la época que tratan. «La memoria es una bendición»—repito la cita de Auster. Una bendición fiel. ¿Cómo entender a los personajes de una época determinada si no los traemos al momento de la escritura en su propia habitación? De ahí el detallismo de nuestra autora al describir con ese sentido lírico, nada gratuito,  nada efectista, todo enfocado hacia el conjunto de la narración. Se entiende también el hecho de los actos preparados para conmemorar la estadía de los extranjeros, especialmente de Gregory Peck. Aquí apreciamos esa idiosincrasia del canario propensa a bien recibir a los extraños, es decir, a emprender diálogos interculturales, que aún sigue vigente de alguna manera.

Un acontecimiento que me emociona especialmente es el de la fabricación de Moby Dick en El Confital con gomaespuma y barcazas y la posterior botadura del cetáceo en el Puerto de La Luz

«La fiesta fue inimitable. Creo que nunca jamás volveré a vivir una celebración como aquella» [p. 138] 

Pero, sobre todo, la impresión que provoca en nuestra protagonista, entre el miedo y el entusiasmo, pasando por la defensa de la vida de las ballenas:

«Eso pensaba cuando de repente me pareció escuchar el eco de las ballenas de mi sueño, pedían socorro. Tenía remordimientos, me asaltaban imágenes, demonios sueltos, y perdí la excitación y las alegrías que me habían dominado aquella tarde. No podía olvidar aquella pesadilla, no se me quitaba de la cabeza, no podía dejar de pensar en ellas.» [p. 141]

 

Y escuchó las cacofonías del mar, de ese mar tan profundo que custodia la vida marina extraordinaria. Veía al capitán Ahab de su lectura, a Gregory Peck y a todos nosotros narratarios pretéritos y futuribles en el lomo del gran trempulcahue hacia la isla Mocha, hacia todas las islas de esa memoria que son lo mejor después del THE END.

Sardina, 30 de marzo de 2013.v

Posted on by Átomo Durán. Posted in El Enyesque

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